Cada municipio ofrece su particular visión del calendario. Este se inviste de las solemnidades oportunas según la tradición del lugar. Esto propicia una interpretación diferente del recato y de la desmesura que en cada momento muestran sus conciudadanos. Así, la ciudad repercute su personalidad en quién la habita, y viceversa. Esta simbiosis mayoritaria desvela la identidad de cada pueblo y profundiza el desarraigo en quienes no la comparten.

Resulta evidente que la habitación del lugar implica necesariamente aceptar su realidad cultural. De esta forma, se integran en una misma población quienes llevan una vida social conforme a las costumbres y quienes, por el contrario, se encuentran en la diáspora de lo convencional. Todos se conocen entre ellos, se respetan y conviven. Al menos en nuestro país, y hasta ahora, es así. Pero la realidad no es inmutable. El pensamiento de cada época modifica la regla tácita para adaptarse a los usos de cada momento.

Las nuevas mentalidades modifican los estilos de vida y estos, a su vez, actualizan las costumbres centenarias. En cambio, las estructuras -la esencia- ha de mantenerse para que la fiesta resulte convincente. Desde el punto de vista de la comunicación moderna, diríamos que no se puede romper el relato. Puede cambiar incluso lo accesorio, pero nunca el fundamento. Esta premisa podría pasar inadvertida para alguna fiesta profana, pero de ninguna manera para las religiosas.

En la sociedad-red en que vivimos, los actos no terminan cuando se realizan: se eternizan en el tiempo y ofrecen sus consecuencias a largo plazo. La imagen que se proyecta de una ciudad ya no es una anécdota que se olvida con facilidad. De manera semejante, la gestión -política, cultural, religiosa, comunicativa- no pasa, se mantiene en la memoria ágil de Internet. Organizar un gran evento -continuar un proyecto- sin perspectivas de futuro difícilmente podrá dar buenos frutos. La imagen es importante y hay que cuidarla.

Al mismo tiempo, debemos mantener la espontaneidad de nuestras fiestas, siempre populares y desenfadadas. Pero no podemos emitir una imagen equivocada. Quienes viven en Jerez, aunque sea en la diáspora, conocen la razón de ser de nuestra identidad. En cambio, quienes encuentran un aliciente para visitarnos, no pueden encontrarse una ciudad hiperglucémica por exceso de edulcorante. Esto constituiría -¿constituye?- un sinsentido que se empieza a apreciar en la mercantilización de lo genuinamente nuestro.

La cantidad de adversativas de los últimos párrafos pone de manifiesto la complejidad de esta empresa. Este equilibrio entre la anarquía de lo castizo y la rigidez de lo planificado no es una quimera. Al menos no en lo que se refiere a la Semana Santa. Pero debemos transitar del interior al exterior, y viceversa. Como el juego de la ciudad con sus ciudadanos, la clave está en actualizar el mensaje sin deshacer la literalidad de las palabras. Y, si las palabras no fueran suficientes, basta con hacer mimbres con lo que nos quede. En la Pasión, nos queda la Resurrección. En la gestión de su conmemoración, siempre titila la fe.

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