Lo de hacer camino al andar tiene muchas lecturas, sobre todo poéticas, aunque todos vayan a Roma o Jerez, pero para ser sinceros, nos cuesta mucho hacer camino y alisar el terreno para que los que vengan detrás. Por eso, siempre se dice que las generaciones venideras deberían tener mejor calidad de vida que las anteriores, al igual que somos muchos los que pensamos que ahora se vive mucho mejor que en el siglo XX. Las bondades de la evolución de la sociedad se ejemplifican en muchos aspectos, pero en otros tantos parece que vayamos hacia atrás. Como quiera que una ciudad moderna se articula en planes de desarrollo urbanísticos modernos, edificios ecológicos, alumbrado no contaminante, vehículos sostenibles, comunicaciones digitalizadas, planes de soterramientos, disminución de emisiones de gases, peatonalizaciones del centro histórico y un sinfín más de avances del día a día, no cabe duda la importancia que cobra el suelo que pisamos. Que si albero, tierra, adoquines, asfalto o pvc reciclado. Porque se supone que los diferentes concejales de infraestructuras y medio ambiente que trabajaron por Jerez en la época de las batallas visigodas ni imaginaban un Jerez sin calles de tierra y piedras intramuros, los de la época medieval bastante tenían con limpiar de boñigas de caballos los callejones, y en la época de la Peste, sólo pensarían en evitar que los carruajes ensuciaran paredes y soportales con aguas menores. Pero se da la extraña paradoja que las circunstancias han cambiado y que ahora las rodaduras de las calles soportan otro tipo de desgastes. Hablar de la disquisición entre adoquines y asfalto con tanta naturalidad parece herir las almas de las nuevas formas de vida que nos han tocado vivir. Si no, volvamos a los faroles de carbón, los serenos y las argollas para amarrar las bestias y pisar fango, barro y lodo. O quizás es que nos encanta un lodazal.

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