Tribuna libre

Andrés Contreras

Alejandro Daroca

Para muchos de sus amigos coetáneos y también de décadas posteriores, Alejandro representaba el nuevo periodismo en España que nace con la democracia y con nivel universitario, lejos del status clásico. Su formación en la Escuela de Periodismo de la Iglesia adscrita a la Universidad Complutense de Madrid, compatibilizada con cursos más allá del ecuador en la Facultad de Derecho de la misma, le capacitó para ejercer el periodismo moderno en los nuevos tiempos, para ejercitar la pluma desde una atalaya intelectual y humanística, para ser vanguardia en la aplicación de las nuevas formas de dirección de prensa y de las tecnologías de información así como en el conocimiento de los nuevos diseños y enfoques de la comunicación abierta y plural, que exigían nuevos bagajes y actitudes.

Afrontó retos profesionales muy distintos, desde la posición de redactor-jefe y director en diversos medios hasta la columna propia y articulismo, intenso y rico, oportuno y diverso, con especial regusto en su columna ‘Desde la Castellana’ entroncando la visión general española con las raíces de su Jerez, al que siempre estuvo tan unido y orgulloso, con firme esperanza en su futuro, aunque penitente sufridor de sus carencias. Como experto de la comunicación, trajo a España, en los años ochenta, las nuevas técnicas desde su puesto de alto directivo de la mayor multinacional americana que abría oficinas en España y posteriormente desarrolló desde su propio despacho. Alejandro tenía vocación de estar y tener amigos, de propiciar ocasiones para el enriquecimiento mutuo de los grandes valores de la vida. Por eso pertenecía, alentaba y mantenía diversas tertulias, peñas y grupos de amigos, casi todos con base física en su Club Guisando de Puerta de Hierro. Unos, con periodistas que le permitía mantenerse en la mejor información; otros, con jerezanos en Madrid que compartían vivencias actuales e historias jerezanas en el Club de Encuentros Jerezanos; otros, con personajes públicos que le permitía transcender y aplicar su visión de servicio al bien común; otros con amigos del alma. En todos ellos aportaba, en debates y reuniones, intensas y extensas, su gran conversación, su mejor información, su capacidad objetiva de análisis y crítica, su defensa de convicciones propias hasta la polémica con algunos sin dejar de ser amigo leal. Creo que esas reuniones manifestaban el sentido romántico de Alejandro como persona y humanista, lleno de cultura y de sensibilidad y en las que le reconocíamos como hombre polifacético y respetable, casi a la antigua usanza.

Siempre con personalidad, independencia y sentimientos, en el marco de grandes afectos. Presto para la amistad personal, franco para participar en manifestaciones de alegría en la relación social. Así se ha ido Alejandro en plenitud, manteniendo el tipo en los últimos percances de salud, y en absoluta paz. A los amigos, nos queda la satisfacción de serlo y disfrutarlo tantos años. Y nos queda Adelaida, su gran amor y complemento que, desde la ausencia de Alejandro, nos mantendrá vivo su recuerdo.

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