Me toca escribir en plena eclosión rociera y poco puedo comentar de una devoción como esta, cuya historia en Jerez es relativamente reciente y cuyo legado artístico tampoco posee una especial significación patrimonial. Acaso merecería citarse el retablo cerámico de la Alameda Cristina, de 1964 y una de las últimas obras de la emblemática fábrica trianera 'Ramos Rejano'. Una pieza de una calidad bastante digna, a gran distancia, desde luego, de muchos de los azulejos sacros que después se han hecho para la ciudad. Menos positiva resulta la presencia urbana del desafortunado monumento levantado hace once años en la plaza Aladro, de un diseño y acabado para olvidar y una ubicación lamentable que contradice la supuesta protección del entorno de un BIC como es el Palacio Domecq.

En el interior de Santo Domingo, la copia de la Virgen del Rocío que tallara Francisco Pinto preside una capilla que sí posee una historia dilatada y atractiva. Es un espacio no muy grande y de líneas sencillas propias de un renacimiento avanzado. Fue edificado para la familia Villanueva por Bartolomé Sánchez en 1574, según ha estudiado Manuel Romero Bejarano. Un historiador que está demostrando que Sánchez fue, sin duda, uno de los más sobresalientes maestros de la arquitectura jerezana del siglo XVI, célebre por su intervención en el Cabildo Antiguo pero asimismo por sus importantes trabajos para la orden dominica, tanto en su sección masculina (refectorio de Los Claustros), como en la femenina (iglesia del Espíritu Santo). Más tarde, la capilla albergó a la hermandad de San José, del gremio de carpinteros de lo blanco, la misma que realizaría el santo barroco y el retablo neoclásico actual. Pero en el siglo XX, la cofradía gremial desaparece y su imagen titular es desplazada de su altar. Para bien o para mal, todo evoluciona. También las devociones.

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