HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

Avisos para labradores

EN los calendarios antiguos, tan útiles para las dudas de los labradores, hoy terminaban los días caniculares comenzados el 21 de julio. Empezaba la vendimia y ya se debía tener pensado qué sembrar en las tierras de labor. Había que contar con los primeros truenos del año: si eran en Virgo, habría acechanzas de enemigos y muerte de animales grandes; si se retrasaban hasta Libra, el año agrícola sería seco al principio y muy húmedo a la postre, e irían caros los mantenimientos. Estas y otras muchas curiosidades y predicciones vienen en el Lunario perpetuo, de Gerónimo de Cortés, publicado a principio del siglo XVIII tras pasar felizmente el expurgatorio de la Santa Inquisición, reformado y añadido por Pedro Enguera medio siglo largo después. Tengo amigos labradores que desdeñarán las advertencias tradicionales de Cortés, una soberbia del hombre moderno confiado más en las novedades que en la sabiduría secular.

Procure el labrador sembrar en luna nueva para que los sembrados sean buenos y la cosecha mejor. Si es labrador prudente y avisado, esperará a que la luna se encuentre en Tauro, Cáncer, Virgo o Capricornio, y verá una extraña diferencia en los sembrados y abundancia en la recogida. Sobre qué granos sembrar para el próximo año, según las predicciones del tiempo, Cortés da una forma de vaticinio bien sencilla: en un pequeño trozo de tierra buena y húmeda, siémbrense cuatro o cinco granos de toda semilla; como son trigo, cebada, mijo, daza, habas y garbanzos, un mes antes de los caniculares, es decir, el 21 de junio, y, si fuere menester, se regarán, "y aquella que mejor y más gallarda se mostrare el día que comienzan los Caniculares, que es á 21 de julio, de esta habrá más abundancia el año siguiente, y aquella semilla que más débil y marchita se manifestare, de ella habrá muy poca cogida el siguiente año".

Además de las recomendaciones propias de la labranza, el libro incluye la manera de interpretar las señales del cielo, la forma de la nubes, el color del sol o de la luna al salir y ponerse, la forma y color de los cometas y su influencia en los sembrados, y los signos para predecir fríos y calores, lluvias y sequías, terremotos, pestes, carestías y hambres. El labrador del siglo XVIII que sabía leer (si no sabía, le leía un vecino) se sentía protegido y bastante seguro con la consulta de este librito de tantos y tan excelentes conocimientos. Cuando fallaba todo y el año no discurría según era esperado, quedaban las prácticas piadosas para impetrar la protección divina y de los santos, a las que la obra dedica buena parte, o los agnusdéi, relicarios de cera blanca, limpia y pura que se solían llevar al cuello, y que concedían todo bien y libraban de todo mal. No sabemos cuántos contratiempos, por sus pecados, tendrían los campesinos, pero eran muy libres sin ministerio de Agricultura, sin Europa comunitaria y sin novelerías imprudentes.

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