Contaba el Diario de Jerez el otro día en una interesante crónica, los inicios para convertir la calle Larga en una vía peatonal, cerrada por completo al tráfico y acorde con las nuevas tendencias en las ciudades modernas de toda Europa.

Pedro Pacheco, visionario y hombre de ideas (a algunos les puede gustar más o menos, pero es como digo) ideó al fin un centro con mucho menos tráfico, acorde a los nuevos tiempos, y que desterrara de una vez por todas (esto no se ha conseguido, me temo) la idea de dejar aparcado el coche en la mismísima puerta de nuestro destino.

Leyendo el artículo echaba un vistazo de tanto en tanto a la fotografía que acompañaba el reportaje. No sin cierto sonrojo, todo sea dicho. Mientras que en la mayoría o en gran parte de las ciudades europeas el cierre al tráfico rodado era admitido como algo, no solo normal, sino altamente beneficioso para el turismo y el comercio, aquí salían los dueños de las tiendas a protestar y a tratar de impedir las obras. Felizmente, nada grave ocurrió y la peatonalización de la calle Larga pudo llevarse a cabo.

Pero no deja ser sorprendente nuestra mentalidad pueblerina y a veces harto cateta. Muchas veces, todo lo que suene a avance, a cambio y a mejora no solo no nos gusta, sino que ponemos todas las trabas posibles y todas las excusas para que Jerez (este Jerez donde nací y que por tanto es la tierra que me duele) siga anclado en el pasado, sin el menor atisbo de transformación, de adelanto. Y así nos va.

Sigo teniendo con el centro de la ciudad una relación amor-odio. O más bien debería decir que lo que odio es la falta de amor que se le tiene. Sabido es por todos que el centro, un sábado por la noche (sea invierno o verano) o un domingo después de comer, es un cementerio. Somos, a pesar de los cambios, de lo que no hay.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios