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rafael / sánchez Saus

Buitres

ESTA mañana, sobre la alomada cresta del Verdugo, señor del gaditano Prado del Rey, se acumulan los buitres. Sólo desagradable en tierra y en los reportajes de La 2, el buitre es bello y majestuoso en vuelo, un vagabundo de grandes espacios que juega con el levante a ver quién llega más alto y más lejos. Las culturas antiguas y tradicionales eran y son ajenas a la repulsión que en Occidente nos suscita: para los egipcios representaba nada menos que la idea de la madre, vaya usted a saber por qué; los persas -nos cuenta Cirlot en su famoso diccionario de símbolos- exponían sus cadáveres en altas torres para que los buitres los devorasen y, de ese modo, propiciar su renacimiento, que ya hay que creer. Finalmente, los hindúes ven en ellos fuerzas espirituales protectoras que sustituyen a los padres -es de esperar que sólo a algunos, modelo Bretón- y los hacen emblema de abnegación y consejo. Ellos sí que saben.

Con tan multiculturales precedentes, no resultaría extraño que en España el buitre fuera siendo liberado de los ignorantes prejuicios que lo estigmatizan y se pueda convertir, poco a poco, en uno de nuestros símbolos tutelares. Basta leer las páginas inmortales de Rafael García Serrano -escritor al que se ha hecho desaparecer de la memoria, como al amor de su vida, la Falange, a fuerza de desprecio y ocultación- sobre los sanfermines de 1936 en su novela Plaza del Castillo, para darse cuenta de que el toro, no la juerga asociada, ya no es lo que era en Navarra ni en parte alguna de las Españas. El águila es hoy ave nefanda entre nosotros, retirada cuando no torpemente picada de escudos y fachadas. En cuanto al león, alegórico durante siglos de la Monarquía hispánica, desapareció justamente como imagen suya cuando ésta dejó de tener el sentido universal y católico que la sustentaba.

La cosa precede al símbolo y lo hace comprensible. Los españoles conocían y reverenciaban a leones, águilas y toros antes de que pueblos y reyes coincidiesen en elevarlos a emblemas superiores de la nación. Los buitres que hoy recrean la vista en Prado del Rey sólo comparten nombre con los que, a la espera del festín de sus despojos, se han adueñado de la bolsa, el honor y la esperanza de España, pero no se necesita más para llevar a las piedras armeras lo que ya está grabado en el alma resignada de un pueblo que ha entregado la cuchara.

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