Librerías, papelerías y tiendas de zapatos podrían convertirme, a poco que me dejara llevar, en una compradora compulsiva a quien incapacitar para administrar bienes por pródiga. Entre caprichos pequeños y asequibles, me muevo por impulsos pues pienso que hay cosas que me están esperando y otras que no pueden esperar.

En las grandes ciudades hay tiendas en las que nadie te conoce y se puede pasar una la tarde mirando, tocando, engolosinándose, sin necesidad de comprar nada, sucumbiendo al puro placer de detenernos y fisgar en lo que no es nuestro y deseamos. Decir al dependiente solícito cuando nos pregunta si nos puede ayudar en algo: "Estoy viendo, gracias".

Me gustan las pequeñas tiendas que conocen mis gustos, en las que puedo charlar y a veces comprar algo, pero ¿cómo salir feliz de uno de estos comercios si dejamos allí al despedirnos mucho más que el pequeño capricho al que nos hemos rendido?

Confieso que para que nadie me quite "lo que es mío" en ocasiones he escondido un libro por una estantería remota para que nadie se lo llevara antes de que yo pudiese volver a por él.

A quien se le vuelve el ánimo antojadizo padece una grave enfermedad incurable que, gracias a Dios, no provoca rechazo. Cuando el caprichoso enseña, pongamos por caso, las botas de agua que se ha comprado en pleno Agosto, dando mil explicaciones sobre la oportunidad de la compra, se le suele compadecer pues semejante locura no es contagiosa. Cada cual tiene sus propios caprichos que considera muy lógicos y está loco a su manera.

Andan penando por mi muro mental de lamentaciones y arrepentimientos esos pares de zapatos a los que tontamente renuncié o el libro que ya no voy a tener nunca más entre las manos por un momento de cobarde sensatez. Es bueno tener ilusiones y deseos siempre que no frustren. A la vida sencilla y a los placeres pequeños voy llegando sin darme cuenta y me gusta.

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