El cuentahílos

Carmen Oteo

Casinillo

12 de septiembre 2011 - 01:00

NUNCA me han gustado los juegos de mesa. Cuando he intentado jugar a las cartas no he sido capaz de seguir la partida, simular una buena mano y mantener los cinco sentidos en el tapete. No se puede charlar ni mirar por la ventana, ni mucho menos jugar y que no te importe perder.

Los juegos de mesa son un engaño, una huída, porque la vida es justo lo contrario, un juego sin apenas reglas en el que es inútil hacer trampas y en el que siempre perdemos algo, incluso cuando ganamos.

El Estado del Bienestar se está jugando sus cuartos en un casinillo clandestino, a puerta cerrada. Juega con profesionales que tienen las cartas marcadas, dominan las partidas y mandan sobre el juego. Ha entrado en esa parte obscena que tiene el juego, cuando hay un desgraciado que se queda sin dinero y se lo presta justo quien lo va a "pelar" un minuto después. Las deudas de juego, ya se sabe, son sagradas.

Lo más curioso es que este perdedor, este ludópata inconsciente, este padre de familia sin un duro que es el Estado de Derecho, va dando palos de ciego de tapete en tapete, de ruleta en ruleta, pensando todavía que se trata de una mala racha.

Arruinado, comprometidos sus ingresos futuros, pretende remontar su suerte jugándose lo más sagrado. No le importa cambiar sus principios, ni juntarse con gente indeseable, ni prostituirse. Sólo quiere seguir jugando porque está en manos de prestamistas. No puede levantarse de la mesa, ni le dejan.

Es verdad que en su casa se han acostumbrado a que entre el dinero sin preguntar de donde viene, a mantener un tren de vida insostenible. A gastar sin miramiento.

Algunos quieren salvar los muebles pero no saben cómo. En Madrid han decidido ahorrar en el colegio de los niños, mala cosa. En el Congreso se han puesto a escribir más de cien veces "no debo gastar más de lo que ingreso" después de gastárselo todo. Todo tiene un cartel de "Se vende" pero ¿a quién?

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