HABLANDO EN PLATA

Juan De La Plata

Chano

CON decir Chano, los flamencos lo decían todo. Porque Chano era el más universal de los cantaores de Cádiz y todos lo conocían y sabían de su persona y de su forma de cantar. Que cantar más gaditano ya era imposible; y en eso todos estábamos de acuerdo. Porque decir Chano, era decir gracia a exportás, personalidad, simpatía y, sobre todo, y por encima de todo, el mayor compás del mundo. Ese que se le derramaba por la comisura de los labios, cada vez que iniciaba su irrepetible tirititrán, para embarcarse por alegrías o viejas cantiñas de su tierra, con sabor a salinas y esteros.

Y, además, Chano, flamenco de verdad, de los últimos que ya nos iban quedando, vivía en flamenco, respiraba flamenquería por todos sus poros, era flamenco a la vieja usanza. Por donde él iba, pasaba el cante, andaba el compás; caminaba la flamenca elegancia de su forma de ser y de vivir, de saber estar. Siempre, en flamenco. En flamenco, siempre.

Mis recuerdos de su arte y de su persona, son todos muy entrañables. No se me olvidará jamás una excursión que, hace años, ambos hicimos a la sierra cordobesa, a comernos un perol, en compañía de Matilde Coral, su gran compañera artística; la maestra Pilar López, y un buen grupo de artistas y amigos, invitados todos por el ayuntamiento de Córdoba. No me he reído más en mi vida, con la gracia de Chano, con sus golpes de ingenio y sus continuas ocurrencias.

La última vez que le vi y hablé con él, fue en otra comida, aquí en Jerez, hace pocos años, con motivo del Festival de Baile y Danza, en la viña El Majuelo, en que le tuve, justo a mi lado derecho, frente a la alcaldesa y al presidente del Consejo Regulador. Recuerdo que hacíamos los honores a una riquísima berza jerezana, cosa que Chano, debido a sus males, no podía comer. Tampoco podía beber. Y el hombre las pasó canutas, en aquél almuerzo, en el que sus ojos se le iban detrás de todos los platos, pidiéndole a los camareros que le sirvieran; a lo que estos se negaban de principio, porque ya les habían advertido de lo que Chano no podía comer; poniendo a su disposición otros platos que, naturalmente, no eran tan de su gusto y aceptaba a regañadientes; dejándolos a la mitad, apenas probaba bocado.

Las cosas que a Chano se le ocurría decir no son para reproducirlas. Decía que le estaban matando de hambre. Eran los efectos de la diabetes. Pero él no perdía nunca su inmarchitable buen humor, porque ese sí que estaba más sano que nunca y a flor de piel, haciéndonos reír, una y otra vez, con sus graciosos comentarios.

Creo que ya no volví a verle. Y hace pocos meses, alguien de su entorno, creo que tal vez nuestra común amiga Matilde, me dijo que estaba muy enfermo y que se temía por su vida. Ahora nos llega la noticia de su desaparición de este mundo. El bueno de Chano acaba de emprender ya su última gira. Ahora no tiene que cantarle al maestro Antonio, para que baile; ni a su admirada Matilde; ni a ninguna otra bailaora o bailaor. Ahora canta solo, como en sus últimos tiempos. Alante. Está ya cantando solo, delante de todos, en el mismísimo proscenio de la gloria, al que supo elevar su vida de gran artista y de gran persona. Desde este pasado Domingo de Ramos, Chano goza de la mejor escucha, del mejor auditorio que jamás hubiera haber podido soñar para su cante. Ahora, las sabias palmas de su compás ya tienen, para siempre, el refrendo de alas de ángeles.

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