Hace nada que estábamos comprando aceitunas verdes en los canastos de esparto, esos que andan remedando los de las almazaras, y también llevándonos a casa algunas castañas calentitas de esas que cada vez el papel de estraza es más pequeño y caben menos unidades, cuando de pronto de la noche de ayer a la mañana de hoy estamos comprando polvorones, turrones y pestiños. Y para más inri llega santa Claus con prisas, con trineo ecológico y ciervos de especie protegida. Cargado de bultos. Henchido de poder consumista. Porque ahora todo se compra y se vende, como la falsa moneda. Trueque exagerado de compras y ventas al por mayor, al por menor y en minoría. Por eso nos damos cuenta que se compra lo inimaginable. Estos días se están comprando votos en las miles de reuniones de los innumerables tipos de comités creados para venderse al mejor postor. En esa pelea de gallos todos salimos escaldados porque al final todo está a precio de ganga y con rebajas. Las ofertas del viernes negro son minucia en comparación de la de estos días negros después de unas elecciones que han decidido que todo sirva para pujar sin el menor pudor. Se compra un asiento en la mesa. Se malvende un escaño. Se alquila o se fía una firma de acuerdos. Se compran voluntades, se ponen en venta siglas, se compran los oídos para decir lo que se quiere escuchar y hasta se regalan abrazos y apretones de manos que todos sabemos son impostados y nada sinceros.

En este mercaderío sin fin, se vende postureo en las redes sociales, se meten en gastos los viajes de los niños en coches oficiales, se compran puestos de trabajo, se venden másteres de enchufismo y hasta se es capaz de vender a su madre siempre que se vea negocio. Una pena. Menos mal que, por ahora, no se compra ni se vende el aire que respiramos.

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