Salía ayer en el Diario que de cara a la Semana Santa el Ayuntamiento iba a parchear el adoquinado de algunas calles del centro. Lástima que los días santos no duraran todo el año para que nuestras vías aparecieran en un estado distinto al lamentable que ahora presentan. Desde esta humilde columna, tal situación la hemos denunciado en reiteradas ocasiones, pero absolutamente nada se ha hecho. Parece que nuestras cofradías y sus hermanos van a tener más suerte. Los pies de los nazarenos, los cuerpos de los costaleros y quienes forman parte de nuestros desfiles procesionales podrán estar tranquilos. Me alegro por ellos y por mí. Pero, ¿qué ocurrirá los demás días del año, cuando los mínimos arreglos no consigan nada extraordinario? ¿Seguiremos sufriendo los mismos socavones, baches y ese casi estado de ciudad bombardeada en el que se encuentran muchas de nuestras calles? La tan necesaria y deseada lluvia se dejó sentir con fuerza la tarde del quinto domingo de Cuaresma, con Jerez volcado en esos acontecimientos cofradieros de los últimos días previos a la Semana Santa: pregón, besamanos, besapiés -aunque algún Cristo que se anunciaba en solemne besapiés lo tenían parapetado para que los fieles sólo pudieran contemplarlo de lejos y no poder llevar a cabo el mencionado acto piadoso-. Como todavía la promesa de la superficial pavimentación de las calles jerezanas no se había consumado, asistimos a la visión desapasionante de cómo algunos cofrades se ponían literalmente chorreando por las salpicaduras que producían los coches al pasar por los socavones tapados por el agua que caía con ganas. Las chaquetitas azules, los ternos sacados de sus armarios para cumplir su anual función, tuvieron que buscar rápido arreglo por mor del estado catastrófico de nuestras calles. Las tintorerías deben estar, por tanto, en deuda con nuestro Ayuntamiento.

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