Literatura

Mauricio Gil Cano

Escritor

Escritores en periódicos

En un antiguo café madrileño, un dandi escribe. Sobre la mesa de mármol, la taza humeante de café y el vaso de agua. Trajeado, encorbatado, con pañuelo en el bolsillo de la chaqueta, el pelo engominado, su mirada se concentra en la blancura del folio que la estilográfica va minando de palabras. En la mano izquierda, detenida sobre el papel, se consume un cigarrillo y destella una sortija. Es una fotografía en blanco y negro de César González-Ruano dejándose el alma en el artículo diario. Inspirados por su magisterio, durante cuatro semanas intensas, en la Fundación Caballero Bonald, a través del taller ‘El artículo literario’ nos hemos aproximado a los secretos de este género que muchos han considerado el soneto del periodismo.

Les hemos seguido la pista a grandes escritores en periódicos. Desde el humor del gallego Julio Camba —quien confesaba que, para escribir su artículo, se encerraba en un cuarto con papel y apretaba— al lirismo irónico de la argentina Leila Gerriero cuando se presentaba a los lectores de su primera columna en El País. Sin olvidarnos de virtuosos como Manuel Vicent o Juan José Millás. Hemos prestado especial atención al lenguaje, a su correcto uso y a los múltiples abusos y agresiones que diariamente se le infligen a la lengua de Cervantes. El inolvidable Lázaro Carreter —de quien tuve la fortuna de ser su alumno durante el seminario ‘La lengua española y los medios de comunicación’, en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo— había lanzado dardos al respecto que aún dan luz. Años más tarde sería Álex Grijelmo quien continuara la defensa apasionada del idioma español. Hace poco publicaba una enérgica protesta contra los anglicismos que nos invaden, a la que nos sumamos de pleno.

Decía González-Ruano que a él se le daban muy bien los muertos. Las necrologías sirven para trazar un perfil y, si son auténticas, suelen estar llenas de sentimiento. Las hemos trabajado especialmente. Jaime Campmany escribió la necrológica ‘César o nada’ al morir Ruano, en 1965. La hemos analizado y después hemos pasado al más grande articulista del último tercio del siglo XX, Francisco Umbral, muy merecido Premio Cervantes. Decía que César era para él un maestro y un padre y necesitaba todos los días su dosis, por lo que cogía el autobús para ir al café Teide, donde lo veía escribir y le llevaba libros para que se los firmara. La noche de su muerte estuvo en su casa y regresó en un taxi con varios periodistas, que hacían chistes como en una boda, “porque ninguno estaba en la sensibilidad literaria de César y el cesarismo”. Hemos encontrado incluso tiempo para hacer una referencia y leer algo de Manuel Alcántara, viejo mago de las palabras que fallecía esta primavera, a los 91 años, después de una vida consagrada al arte de escribir artículos. Discípulo de César, recuerda en el prólogo a las memorias de éste que al maestro del periodismo español no quisieron darle el carnet de prensa, por lo que espetó lo siguiente: “Si tienen reaños para negarme la condición de profesional, para ellos la perra gorda. No daré un paso. Les emplazo a todos esos robaperas para dentro de unos años. A ver si se habla de ellos o de mí. Periodistas mediocres, matalones, caciques de vía estrecha, cortan el bacalao. ¡Que lo corten! Uno no come bacalao, sino salmón; esto es lo que, en el fondo, les irrita. Hijos de padres desconocidos, padres de obras desconocidas. ¡Que Dios ampare su miseria irredenta! A otra cosa”.

Escritores en periódicos, que no es lo mismo que escritores de periódicos. El artículo —César dixit— debe ser como una morcilla: muy atado por el principio y por el final, por medio podemos meter lo que queramos. Creo que, esto al menos, Trini, Rocío, Virginia, Remedios, Nieves, Toñi, Carmen y Rafael se lo llevan aprendido. Ha sido un placer contar con su buena disposición en este trabajo colectivo que es todo taller. Su buen hacer consagró el nivel y el interés de nuestras sesiones. Cada voz con su estilo personal, a su manera, todos se han abierto las venas y han dejado su sangre en las palabras.

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