YA teníamos asumido que Jerez es una ciudad fantasma. O puede que los fantasmas estén todos en esta ciudad. Como el Halloween norteamericano se ha globalizado y Trump no deja de joder con la pelota ahora la ciudad por excelencia es Jerez del Halloween gaditano. El aeropuerto no deja de ser un ente fantasmagórico. Las ciudades del transporte, la justicia y del flamenco son importantes ejemplos de lo que no puede ser sino una estrategia política para conseguir votos sin que haya ningún presupuesto detrás.

En el toque de queda las calles del centro parecen puestas en escenas de películas de terror, más aún por la desidia en conseguir un centro histórico habitable y sin parcelas e inmuebles en peligro de demolición. Los negocios cerrados, los bares en busca de un erte salvador. Las cafeterías llenas de asiduos a la hora del desayuno y las actividades no esenciales en busca y captura de algo por lo que sobrevivir en la esencialidad de la vida. En este ambiente nos estamos educando. Y como por desgracia no hay directrices claras, los jerezanos y las jerezanas están buscando salvavidas queriendo no llegar a ingresarse, a no tener que estar intubado y a no poder respirar.

Por todo esto, no es muy descabellado decir que la muerte nos está ganado terreno. Porque cuando las situaciones llegan al extremo, el instinto de supervivencia hace que cada cual considere más su vida dejando aparcados los sentimientos de solidaridad y de pésame hacia las desgracias de los demás. No en vano, la cantidad de muertes de esta guerra biológica por culpa de un virus se está siguiendo, al menos, con indiferencia por no decir con desdén. El número debería asustar. Las cifras deberían hacernos pensar. Las familias afectadas debían publicar en redes sociales su sufrimiento y los documentales sobre el padecer de los enfermos deberían ser obligatorios de ver. Y mientras tanto, a seguir siendo fantasmas y fanfarrones jerezanos. No se escarmienta.

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