Las noticias que se nos filtran sobre las gestiones pandémicas nos hacen mayoritariamente dudar de todo lo que vemos o escuchamos haciendo que nos piten los oídos más que una caseta municipal a tope. Sobre estadísticas y números nos están tirando por tierra la existencia de los silogismos deductivos matemáticos de toda la vida siendo menos creíble el baile de cifras que el del paso de la cuarta sevillana de un guiri. Sobre la prolongación de los estados de alarma ya suena a esa pista de coches choques cuando los días finales dan minutos de propina al personal pudiéndose observar movimientos insospechados con cambio de trajes de chaqueta para figurar y no repetir modelito por el albero. En lo que respecta a las posibilidades que se recuperan, se observa tanta inmadurez que pareciéramos adolescentes imberbes con las ganas de bulla del primer día de alumbrado. Lo de la desescalada escalonada está sirviendo de manera peculiar para que aparezcan por generación espontánea miles de nuevos deportistas ávidos de calle citados a la misma hora para entrar al Real. El protagonismo de las mascarillas solo es semejable a la eterna discusión sobre llevar en la solapa clavel rojo o no. De las concentraciones de personas ya se habla de los nuevos modelos de quedadas de escraches, en forma y hora, a modo de nueva atracción de la calle del infierno. Para colmo, los balcones han dejado de aplaudir para pasar a ser cocinas de bombona y cacerola y casetas concursando a premio de las portadas confinadas. Y como epílogo de feriantes, en las celebraciones del camino del Rocío posferia, se confirma que tiene más peligro el de vuelta que el de ida por aquello de la resaca y de los destrozos en los cuatro por cuatro del polvo del camino. Lo dicho, ahora que no la hay por ningún sitio, esto es una feria.

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