Aspirar a lo imposible produce muchísima melancolía, que es lo que me entra cada vez que cualquier parlamentario exige a Pedro Sánchez sentido del honor, de la lealtad, del Estado de Derecho o de la mismísima vergüenza elemental. Esa oratoria para la nada es algo que yo ya tenía observado de hace tiempo.

Ahora me he fijado en que aún hay más. Sale a la tribuna un parlamentario y glosa a Sánchez el mal que está haciendo a España y a sus instituciones con todo lujo de detalles, ejemplos, argumentos y apelaciones casi desesperadas. Bien. Para entender el efecto que eso tiene en el presidente del Gobierno del Reino de España, basta haber leído el primer párrafo: le resbala. Lo interesante es el efecto involuntario que tiene en los socios del Gobierno. No sólo estarán de acuerdo con todo, sino satisfechos, prácticamente halagados, orondos. La paradoja, por tanto, es que el feroz parlamentario que expone los males del país ("oigo, oh patria, tu aflicción") está dando argumentos sobrados a todos los socios del Gobierno (del Reino de España) para felicitarse y, todavía más, para seguir manteniendo rocosamente a este presidente. Yo diría que los filoterroristas, los independentistas y los marxistas se tienen que sujetar a sus asientos para no levantarse y ponerse a aplaudir los discursos de la desesperada oposición, pues jalean sus sueños y sus logros, cada vez menos indistinguibles unos de otros.

De manera que a las corrosiones institucionales de este Gobierno hay que sumar una más: la del Parlamento, que ya no es un órgano donde se parlamenta. Se usan dos idiomas morales y políticos completamente distintos. Lo que uno dice que es negro, siéndolo, es blanco (de haber dado en el blanco) para el otro. Así no hay manera de entenderse, como ustedes entienden.

Cuando mi maestro don Álvaro d'Ors nos explicaba que la democracia es otro sistema de fuerza bruta, algo estilizada por la preponderancia del número, se refería a estas situaciones. No hay autoridad de la razón que valga en la política española hoy, pues se habla desde dos galaxias muy, muy lejanas. La única solución política es la de la fuerza de los votos en las próximas elecciones generales, aunque tal vez las andaluzas sirvan de aldabonazo y llamada de atención. Mientras tanto, estamos condenados a un diálogo de sordos. Y no digo de besugos porque, por no compartir, sería un disparate meterlos a todos en el mismo saco.

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