Semana Santa 2019 | Opinión

Ignacio García Pomar

Viernes Santo

Viernes Santo Viernes Santo

Viernes Santo

Hoy viviremos ese día importantísimo para los cristianos pero también para la memoria de la ciudad. Ese día en que Cristo abraza a todo Jerez desde el Campillo volviendo a poner las cosas en su sitio tras cuatro años en los que a la zona de Cerro Fuerte, Empedrada, Sol y Cruz Vieja le faltaba la sangre en sus venas. Ese día en que mirando a la calle del Sol desde un extremo, podemos vislumbrar un trazo de historia de Jerez pero con nombres y apellidos ,con fe y devoción, que se repite cada año y que nunca cambia en lo esencial. Pasaremos nosotros pero El Cristo seguirá ahí, como siempre seguirá en el alma de los que lo buscaron durante su vida de una manera o de otra.

En la Victoria ya hace 60 años que Dios desciende de la cruz a la fría tierra del Gólgota entre los brazos de Nicodemo y José de Arimatea ,ese hombre enigmático que según el Evangelio de Lucas, “era senador, hombre bueno y honrado, (que no había votado a favor de la decisión y del crimen de ellos),que era natural de Arimatea y que aguardaba el Reino de Dios, que acudió a Pilatos a pedirle el cuerpo de Jesús. Y bajándolo lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía”. Gracias a Ortega Brú la Semana Santa de Jerez colocó en Andalucía posiblemente su último gran hito escultórico que no nos cansamos de ver.

La Soledad entre las moradas banderas de siglos pasados adquiere un sentido plenamente actual en una sociedad que no deja de aislar a tantas personas que viven ese terrible sentimiento, a pesar de encontrarse en el día a día rodeados de otros que van a lo suyo y que no intuyen que quizás en un futuro más o menos lejano se verán como ellos. La sociedad del relativismo lo justifica todo y aquí se enfrenta con la verdad absoluta. La Virgen vivió como nadie la Soledad y hoy se ocupa desde ese rincón de Jerez de que nunca nadie se encuentre en Soledad.

Y el Duelo, maravilla del barroco de Ignacio López, que aporta un final único a nuestra Semana Mayor. Algo distinto y único que fue recuperado para Jerez por su hermandad y que ya nadie concibe que no salga a la calle completando la escena con la Señora de la Piedad.

Antes, la Virgen de Loreto, cuya hermandad se reafirma en la ascética adoptada hace más de dos décadas cambiará el orden de paso con la pujante hermandad de las Viñas, que año a año aumenta cortejo y patrimonio entre los bloques del primer desarrollismo de la ciudad.

Hace ya más de cincuenta años que el Viernes Santo se encuentra estable en lo que a nuevas hermandades se refiere. Ahora, me cuentan que la Hermandad de la Salvación pediría la incorporación. Es necesario, ya que el resto de la Semana tiene menos huecos y el Viernes aún no se ha enriquecido con ninguna cofradía contemporánea. Tiene lo antiguo y el siglo XX, el del renacimiento de la Semana Santa, pero le falta el testimonio de los cofrades que se hicieron a sí mismos en los albores del siglo XXI.

Es difícil, por las dificultades que entraña la jornada, pero sería fantástico que así fuera. Y después, quien sabe, si desde San Juan de Ávila, San Pablo o desde no se sabe donde, con las Siete Palabras de Cristo se concluya cofradieramente el día en que murió el Señor.

Ahora, desde la calle de la Sangre, al final de la jornada, mientras no se decida luchar contra la jornada de playa y centros comerciales en que se ha convertido el Sábado Santo, soñaremos con una nueva Semana Mayor.

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