Jerez Íntimo

Marco Antonio Velo

Jerez tiene una calle que no envejece

Todos los caminos de la nostalgia conducen a esta calle revestida de sol. Con su anchura de jerezanos en contradanza, en doble dirección, por lo común de prisas matutinas. Es calle luminosa de gentío que se agolpa el sábado de mañana: nadie avanza en posición erguida porque a media altura todos portan ese rosario de vértebras blanquecinas que son las bolsas de los mandados en las manos de cada cual. De unas salen olor a aceitunas aliñadas, de otras dos cartuchos de churritos… Entresemana predomina el pescado fresco y la fruta de brillo. Las aceras son rectilíneas: no cuentan con recodos. El ambiente es expeditivo, sobremanera comercial, de urbe en pujanza económica. El público no detiene su caminata para platicar: los saludos emergen sobre la marcha, a un paso rítmico que tiene algo de impuntualidad global. La práctica totalidad de los transeúntes parecen llegar tarde al mismo sitio cuando en puridad tan sólo procuran rebañarle tiempo al minutero.

De niño siempre se nos antojó una calle destino y no una travesía de paso. Sí, de chiquillos nos encandilaba alcanzarla, pongamos que hablamos de Doña Blanca, por los caudalosos afluentes que darían a su mar: léase calle Bodegas, calle Évora, Plaza Esteve… Doña Blanca era referencia de paseo familiar los domingos de mañana. Y es que antes de una tapita en la Cruz Blanca o en el bar La Salve o en La Rosaleda apriorísticamente era de obligado cumplimiento tomar otro aperitivo saludable: el solecito. Doña Blanca era entonces casapuerta de la vivienda de la madre de Paco Barra Bohórquez -una señora educadísima, de amabilísimas formas, cuyo ataúd, andando los años, llevé sobre mis hombros de la puerta de San Miguel hasta el altar mayor de su misa de cuerpo presente-.Doña Blanca los domingos se asaetaba de soledad. Era como si emigrara de sí misma -de su bullicio diario de monederos abiertos y de abuelas de roetes tirando del carrito de la compra (siempre rebosando el perejil y los espárragos trigueros)- para teñirse de un rubio ceniza muy silente, como una aurora boreal pertrechada de estupor y horas vacías. De lunes a sábado te topabas de bruces con una singladura ingente. Hervidero, hormiguero, acudidero. Y sin embargo el día del Señor aterrizaba sobre su asfalto una desértica calma chicha. Como la dársena de un verso de Gerardo Diego: “A nadie espera, ¿a nadie?, a nadie espera./ Ya nada quiere, ¿nada?, nada quiere”.

Gustabas de observar con detenimiento los escaparates de este enclave que era como un asomo de gran centro comercial segmentado por especializaciones. Tejidos Martín, Anguita, Almacenes Justo, Medias Mario, La Tijera, Casa Enríquez, La Bota de Oro, Calzados Los Patitos, Peredo y sus ultramarinos al por mayor, Simago, bar Amaya, La Perla, la joyería de Ricardo… Unos se mantienen, otros engrosan el listado color sepia de la melancolía. Doña Blanca como punto neurálgico al abrigo del Mercado de Abastos alzado sobre los antiguos terrenos del convento de San Francisco.

Hace unos días anduve por sus pagos para cerciorarme de una certeza incuestionable: esta calle ha sabido conservarse y asimismo renovarse sin cirugías estéticas ni cremas antiarrugas. Ojalá cunda el ejemplo para otros rincones jerezanos abandonados a su peor suerte. Por cierto: en el listado de históricos negocios de esta nunca arrogante calle Doña Blanca, y de cara al próximo lunes 3 de enero, he omitido aposta uno que de facto merecerá a siete días vista, en las vísperas de los Reyes Magos, un artículo monográfico. ¿Adivinan cuál es?

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