JEREZ ÍNTIMO

Marco A. Velo

Jerez y el debate de las ideas

El debate de las ideas -siempre cimentado sobre el garante de la fundamentación y la argumentación- enriquece la semilla del conocimiento. La puesta en común es cualitativamente proporcional a la cultura de los intervinientes.

Porque la cultura – la formación personal en suma- despeja el grano de la paja, la madera del barniz, la praxis de la costra, la deontología de la hojarasca y el esternón de la habladuría. Para asumir por entero estas aseveraciones conviene imbuirse en obras harto recomendables como ‘La imaginación y el poder’ de Jorge Volpi, ‘El ruido del tiempo’ de Julian Barnes o ‘Recursos inhumanos’ de Pierre Lemaitre.

Un debate no es concordato sino vaso comunicante. Activa la retroalimentación del intelecto. Y fulmina cualquier asomo, cualquier encono, cualquier irrupción de aristofobia -tan alertada cuando entonces por Ortega y Gasset-: aristofobia, sí: desviación según la cual se cultiva a machamartillo el rechazo frontal o esquinado a los válidos, a los más preparados (también académicamente), a los mejores argumentadores, a los más agudos y sesudos pensadores, a los experimentados… La aristofobia, que pronto sería deducible en ulteriores obras ensayísticas de Amando de Miguel, forma parte del ADN hispano.

El debate de las ideas es tan salubre como higiénico para este (anhelado) modelo de sociedad que aspira -al menos en el sentido librepensador del término- a un sistema irrevocablemente democrático. Vale decir: la fuerza de la razón y no la razón de la fuerza.

La mesa redonda, la tertulia, el turno de intervenciones apartan de sopetón disparates que sobrevuelan en torno a una temática a menudo demasiado manoseada por profanos en la materia. En Jerez escasea esta modalidad de convocatoria cultural pública y abierta.

En la aplicación de políticas culturales destinadas al gran publico no abunda el género. Ignoro por qué motivos de menor trapío. ¿Por qué no se organizan por largo -a diestro y nunca siniestro- tertulias? ¿Menos es más? ¿Extrema formulación de lo demasiado selectivo? ¡Quita, quita! La cultura no marida con la sobreactuación ni con la sobredimensión ni con la sobresaturación. Emborracharnos de cultura jamás nos propiciará ningún tipo de resaca. El talante y sobre todo el talento analítico ha de exponerse con estrecha regularidad urbi et orbe.

Aquello que no se practica, se oxida, se encastilla, se embrutece. Vargas Llosa ya alerta a propósito de la creciente incapacidad de análisis grupal en su premiado libro ‘La civilización del espectáculo’: a día de hoy prevalece el chisme sobre el razonamiento. “La posmodernidad ha destruido el mito de que las humanidades humanizan”.

En efecto impera el grito en detrimento de la exposición. De la dialéctica inclusive. Es cuanto podríamos denominar -sensu lato- como la vulgarización de la revolución metodológica. O, por mentar el título de un releído ensayo de Gianni Vattimo, ‘Las aventuras de la diferencia’.

Traigo todo esto a colación porque el CEHJ -Centro de Estudios Históricos Jerezanos- ha puesto en marcha en los Claustros de Santo Domingo un interesante ciclo denominado precisamente ‘Los debates del CEHJ’, coordinado por el investigador Fernando López Vargas-Machuca. Comienza con un plato fuerte: ‘Jerez y sus conventos: ¿qué hacemos con ellos?’. El resultado del acto estuvo a la altura de lo predecible gracias a la nombradía de los participantes: Pablo J. Pomar Rodil, Agustín Pina, José María de la Cuadra Durán y Fernando Aroca -quien sustituyó in extremis a José M. Moreno Arana, ausente por enfermedad-.

Allí saludo a Francisco Fernández García-Figueras, Felipe Morenés, Antonio Mariscal, Francisco A. García Romero, Eugenio Vega, Antonio López (sacerdote), Pepe Ruiz Mata, Paco Garrido, Juan Félix Bellido, Miguel Ángel Borrego, Jesús Montero Vítores y Javier Jiménez López de Eguileta. La convocatoria arroja luz sobre la sombra. ¿La falta de vocaciones ha convertido al Jerez de los conventos de clausura en la ciudad de la clausura de los conventos? El debate suma y sigue…

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