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Marco Antonio Velo

Maruchi Pemán Domecq

César González-Ruano, con su estilográfica de café cortado en el madrugón del recado de escribir y su mala salud de hierro, firmó en el periódico ‘Informaciones’ un artículo muy bien plumeado cuya última frase, tal un corolario abrochado de luto, definía la muerte como “una pedrada que recibe otro y que nos duele a los que quedamos”.

No se trata de una isotopía semántica. “Pedrada (…) que duele a los que quedamos”: una sensación similar ha sentido la ciudad, las ciudades en plurales residencias (desde Jerez a la novia del mar que baña sus faldas de nácar y color de estribillos en la orilla de la Caleta) cuando el eco silente de bodegas en contraluz y caracolas de arcilla anunciaban -como un tantán de esquela que no pierde la curvatura generosa de la sonrisa- la muerte de Maruchi Pemán Domecq -que fue arcángel de alas de viento, luz del alba, bendita rama que al tronco salió, mujer que tuvo hambre de Dios y sed de Evangelio, hija de José María Pemán, esposa de Ramón Guerrero González -con el don de la excelencia por delante-, cuñada del sacerdote jesuita -camino de los altares- Pedro Guerrero, madre de tantísima estirpe de bien -Manolo, Ramón, Pedro, José María, María, Juan Gualberto, Ángela de la Cruz, Mercedes y Pablo- y abuela que -sonríe sonriendo a la rueda, rueda- alargaba y estiraba aún más los brazos para acurrucar en su seno de miel y seda la algarabía azul -¡ese azul machadiano!- de todos los nietos que a Dios gracias ya conocen en espíritu y en verdad y en la certeza que ahora pretende emborronar el resentimiento de la Memoria Histórica quién fue su bisabuelo: gloria de las letras hispanas, académico de pro de las Reales Academias de España y articulista sin parangón que, posiblemente inspirado en su propia madre y en su hija Maruchi, escribió aquello de “no hay virtud más eminente/ que el hacer sencillamente/ lo que tenemos que hacer./ Cuando es simple la intención/ no nos asombran las cosas/ ni en su mayor perfección./ El encanto de las rosas/ es que, siendo tan hermosas,/ no conocen que lo son”.

Maruchi no tenía el afán sino el duende de la generosidad: sí: el duende: ese virtuosismo inmaterial que Romero Murube advirtió en la milésima de segundo de la media verónica de Pepe Luis Vázquez o Federico García Lorca en el espasmo de la sangre poética. La muerte de Maruchi, aquella niña de trajecitos blancos que creció en el Castillo de San Javier sito en la gaditana con tirabuzones plaza de San Antonio, nos ha dejado algo así como un arrobo extraño, como un arrumaco timbrado de vacíos, como un boom de maternidad en el frontis de esta lágrima de cristal que es, tal ella, también elogio y nostalgia de la vida sencilla: “Vida serena y sencilla,/ yo quiero abrazarme a ti,/ que eres la sola semilla/ que nos da flores aquí”.

Yo observo a Maruchi contenta junto a su marido y sus hijos, ya en los años tan rodeada de guerreros en paz, de Guerreros con mayúsculas como suprema creación y recreación de la grandeza familiar. Yo veo ahora a Maruchi puntual cada 3 de septiembre en la portuense iglesia de San Francisco rezando a los pies de los restos mortales del sacerdote Pedro. Y la recuerdo en mi toma de posesión como académico rememorando atardeceres del Cerro y amaneceres de la calle Santo Domingo. Y feliz, en plenitud vital, de la mano de los nietos y meditando sobre el derrotero de la humanidad con ideario de versos de ‘El divino impaciente’: “Iba diciendo/ que Cristo se hizo hombre/ para enseñarle al mortal/ esa ciencia celestial/ que no alcanzaron tantos sabios/ de perdonar los agravios/ y devolver bien por mal”. Eso hizo Maruchi de la cuna a la sepultura: regalar amor y devolver bien por mal. Lo que traducido resulta: el apellido Pemán en estado puro.

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