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Desde la espadaña

Felipe Ortuno M.

Mentir

HAY animales en peligro de extinción; y virtudes a punto de su postrimería, del ocaso, o, acaso, de pérdida inminente. Las hemos dejado en el desván y en el rincón de los trastos inútiles, como inservibles, o embarazosas, o peligrosas para el dinamismo de la eficacia y la insensatez. Tengo la impresión de que ya sólo se cultivan en los espacios protegidos de las clausuras, que son como invernaderos del alma. Hay virtudes exóticas que, como los licores monacales, tienen su fórmula protegida en la industria de la oración. Deberíamos recuperarlas para ayuda de conflictos y suavizar tensiones y hacer más agradable la convivencia. Todo iría mejor y los problemas encontrarían solución casi natural sin necesidad de proclamas grandilocuentes que no solucionan nada. No sé si se puede ser progresista reclamando el valor de algo tan antiguo como, por ejemplo, la sinceridad verdadera ante tanta mentira reinante y tanto embuste. Supongo que esta virtud hay que concedérsela a los niños, por ingenuos, y a los beodos, por inconscientes; los demás tenemos mucha experiencia y sabemos que no conviene. Hay quien se sentiría muy molesto si la aplicáramos a todas horas (no hay motivo para alarmarse porque por lo pronto no pretendo señalar). De niño me confesaba de mentir: “Padre he mentido…” Lo digo abiertamente porque, convendrán conmigo que las mentiras quedan reservadas para los niños. Cuando las dicen los adultos se convierten en irrelevantes o convenientes para la estrategia - ¡qué digo estrategia! - para el negocio.

Hay personas públicas para quienes la mentira constituye casi su segunda naturaleza. Mienten como cosacos (pobrecillos), con cara dura, con imperturbabilidad (esto da mucho empaque). Los veo mentir casi con candor, si no fuera porque hay perfidia diabólica en ello. Son - ¿cómo decirlo? – muy verdaderos en su mentira. Muy naturales, vaya.

Por otra parte, y esto me sobrecoge, hay gente que parece no desear sino que la engañen, y así poder alimentar sus ilusiones. Todos tenemos en la mente a alguien que ha sido pillado in fraganti, un renuncio, que se dice en el tute. Pero de inmediato se crecen en una mentira anterior y con otra mentira todavía más colosal; en tal modo que no se pueda llevar cuenta de la concatenación de embustes con que se le pudiera recriminar. Ya ven, una pescadilla. Sin embargo, no hay problema, no es preocupante para la opinión pública que considera legítimo y justificables estos comportamientos porque en la corrosión del pensamiento democrático consideramos que todo el mundo tiene derecho a defender su honor (o deshonor) como mejor pueda.

Yo personalmente le retiraría la estima y la confianza al sinvergüenza que usa la mentira por sistema, sobre todo si tiene responsabilidades públicas.

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