habladurías

Fernando Taboada

Monarquías en crisis

ESTÁN pasando por horas bajas. En los tiempos que corren, las monarquías ya no son ni sombra de lo que fueron. Y no lo digo porque muchas casas reales anden mezcladas en un escándalo extramatrimonial detrás de otro (que eso no añade nada a la tradición.) Tampoco lo digo porque las hijas de algunos reyes tengan la manía de casarse con señores muy distinguidos pero que son unos maleantes. Al fin y al cabo es muy natural que lo sean. Tener un suegro coronado con quien tomar el aperitivo; imprimir tarjetas de visita en las que aparezca tu nombre junto a un título de duque; ver el fútbol los domingos con un cuñado que en breve pronunciará los discursos de Nochebuena; todo ello tiene que ser de gran ayuda a la hora de montar negocios marrulleros y de embolsarse cantidades indecentes de dinero público.

Pero si digo que la monarquía no atraviesa su mejor momento no es por la poca vista que tienen nuestras infantas a la hora de elegir maridos. Es porque ya ni siquiera a los Reyes Magos -que caían simpáticos incluso a los más recalcitrantes republicanos- me los dejan disfrutar de las inmunidades que antes disfrutaban. El rey Baltasar, sin ir más lejos, se ha visto enredado en una demanda judicial que en otros tiempos hubiera sido impensable. Y todo porque, durante la cabalgata que celebraron en Huelva en 2010, desde la carroza que presidía el propio rey negro, salió despedido un cargamento de caramelos, con tan mala fortuna que uno de ellos vino a impactar en el ojo de cierta señora que se hallaba entre el público y que, tras la desgraciada colisión, no se lo pensó dos veces para interponer una denuncia nada menos que contra el Rey Mago de Oriente.

Desconozco los pormenores del informe balístico, si es que lo hubo, y tampoco sé el alcance de las lesiones que puede producir un caramelo cuando impacta en el globo ocular de una señora que presencia cabalgatas. Pero lo cierto es que la víctima quiso llevar el asunto a los tribunales.

No sería la primera vez que se dicta una sentencia absurda. Ha habido casos célebres, como el de aquella abuela que se abrasó con un café que se le derramó mientras conducía. MacDonalds tuvo que pagarle una indemnización millonaria. Y es que en los vasos de MacDonalds no advertían de que el café recién hecho tiene la particularidad de abrasar cuando uno se lo derrama conduciendo. Pero no, en el caso de nuestra señora del ojo lastimado, el juez ha sido más sensato. Ha preferido ampararse en el Derecho Internacional y absolver a un monarca cuyo país de origen sigue siendo una incógnita. Sin descartar que quizás estemos ante un caso de prevaricación y ante un juez que ha podido exculpar a Su Majestad de Oriente a cambio de sustanciosas prebendas en forma de juguetes, ¿no habría que legislar sobre el lanzamiento de caramelos en cabalgatas? Bastaría con cambiar el código civil y, como mucho, hacer ligeras reformas en la Constitución.

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