LA TORRE DEL VIGÍA

Juan Manuel / Sainz Peña

Muertos sin rostro

HAY en nuestro vocabulario español algunas palabras que aborrezco. Son vocablos que nada más nombrarlos me ponen los vellos de punta. Tanatorio es una de ellos. Ese lugar horrible, aunque las paredes estén recién pintadas y haya colgado cuadros con flores, siempre nos trae las lágrimas. El recuerdo se vuelve doloroso, y las palabras se ahogan allí con el nudo corredizo de la angustia.

Hay un escaparate siniestro, una pecera que se deja ver al otro lado del cristal un cadáver. Es un cuerpo pálido, rendido a la muerte, que exhaló el último aliento de su existencia cuando la parca le dio su abrazo helado.

Por suerte, esta vez, no he visto el rostro de mi ser querido tendido para toda la eternidad sobre una caja de madera. Sus hijas decidieron cerrar todo recuerdo de un cuerpo inanimado. Querrán, como yo querré el día que se me acabe el tiempo aquí, que se recuerde su sonrisa, sus gestos de enfado, si es que tuvo alguno, sus parpadeos y sus besos. ¿Para qué recordar el desaliento, el sufrimiento, el rostro desencajado y febril aplastado por el peso brutal del fin?

No, prefiero recordar a los que se van cuando paseaban, cuando venían a casa a verme, cuando me daban un beso o me reprochaban mis errores. No quiero cerrar los ojos por la noche y recordar el color de la mortaja, ni los labios amordazados. Quiero reírme al recordar sus chistes, emocionarme al rememorar sus abrazos y su amor. No, no quiero que el recuerdo quede reducido a un lecho de dolor ni al del blanco de una capilla silenciosa.

Eso es la muerte, pero ni ella nos hará borrar su recuerdo. La muerte, dicen, no es el final, la memoria de los que amamos y recordamos, debe ser el principio.

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