Será que los nublados están haciendo mella en mí o que el paso de los años me está convirtiendo en gruñón, pero cada vez me siento más aislado del mundo que me rodea. Me conecto a emisoras de radio y, por gran cantidad de ellas que sintonizo, rara es la que logra atraerme. Pongo la televisión y, mando a distancia en mano, paso por infinidad de canales en los que películas insulsas y las mismas noticias repetidas una y otra vez no logran que les dé credibilidad; la manipulación es tan burda que les hace perder el más mínimo crédito. No es que uno admire el pensamiento único, pero sí que recuerda aquellos tiempos, no tan lejanos, en los que al menos las cosas se veían venir y cada uno, al igual que los personajes de la comedia del arte italiana, respiraba por donde debía respirar.

La necedad no es cosa de este tiempo. Ya Erasmo de Rotterdam escribió en el siglo XVI su Elogio de la locura, término éste que no fue bien traducido, en tanto se refería a la estulticia, a la imbecilidad, a la necedad. Sobre el idiota han escrito numerosos autores entre los que destaca Dostoievski e incluso algunos lo han hecho sobre el perfecto idiota, una versión mejorada y aumentada. Me consuela pensar que la palabra deriva del griego y significaba en su origen aquella persona que sólo se ocupaba de sí mismo, un egoísta diríamos ahora, aunque con Roma llegó a considerarse idiota a quien era maleducado e ignorante. Eso ya se parece más a lo que entendemos en la actualidad.

Con todos mis respetos a las capacidades intelectuales de cada uno y valorando por encima de todo a la persona, cada uno tiene derecho a comportarse como le parezca o dar de sí lo que pueda, pero cuando afecta a la cosa pública deberían establecerse ciertos límites. El problema no es que abunde la necedad entre las clases dirigentes, sino que nos tomen por necios o mentecatos a los que tenemos que soportarlos. Y mientras los mediocres medran, las élites, los intelectuales callan. No se ven por ningún lado y si en algún momento aparecen, les echan una cortina de humo vaya a ser que alguien les escuche. Las ideas filantrópicas de la Ilustración quedan tan lejanas que el término parece un arcaísmo. El relativismo y el utilitarismo se han impuesto de forma global, aunque no hay que perder de vista que se trata de corrientes filosóficas respetables y discutibles. Lo que impera ahora es necedad simple.

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