La torre del vigía

Juan Manuel Sainz Peña

Niño

AHORA, niño, todavía no puedes entenderlo. Tienes la carita surcada de inocencia, y en tus ojos no hay más que lágrimas por algún berrinche propio de tu edad, o miradas ilusionadas de esos regalos que te dejaron los Reyes Magos.

Ahora no, te digo, pero cuando seas algo más mayor te pido que eches un vistazo a tu alrededor en una mañana mágica como esta. Trata de dejar de lado los regalos y acostúmbrate, cada año, a mirar a tus padres. Quizá no te des cuenta de que el tiempo pasa por ellos, aun cuando los veas sonreír, aun cuando no notes en sus rostros más arrugas que el año pasado. Pero fíjate bien y da las gracias por tenerlos ahí, junto a ti. Y no, niño, no te estoy hablando de tenerlos en esos momentos de felicidad. Da las gracias cuando la vida no pinte tan bonita como hoy; da las gracias cuando te riñan; da las gracias cuando mamá te dé un beso furtivo, sólo, tal vez, porque le enternece, incluso cuando ya hayas cumplido bastantes años, verte comer o canturrear camino de tu habitación.

Y recuerda, niño, cuando crezcas, que, con todos su defectos, -que es algo que tú también tienes, no lo dudes-, te amaron. Haz como yo, te lo ruego. Cuando lleguen algunas noches oscuras y tengas miedo, aunque ya no seas un crío sino un muchacho que hace tiempo que dejó de jugar, pídeles consejo e incluso pliégate a su voluntad si lo que te dicen es necesario. Da las gracias cuando puedas darles la mano y brindar cada año en esa mesa de mantel bordado y platos rebosantes. Y bésales como ellos, cuanto tú ni siquiera sabías que estabas en el mundo, lo hicieron. Te darás cuenta de que el amor, sólo con amor se paga.

Y ahora, niño, sigue con tus regalos, abre los paquetes y sonríe. Mas no olvides a aquellos que ahora te miran. Abrázalos y siente el respeto que se merecen. Para ellos, créeme, porque un día faltarán y ya será tarde, no hay mejor presente que entregarles.

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