HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

Nostalgias peligrosas

NOS hemos olvidado de que en España se han organizado desde tiempo inmemorial batallas campales por hacer valer privilegios que hoy parecen ridículos. Cabildos catedrales, cofradías y personas particulares acababan a tortas y a farolazos o emprendían pleitos interminables por un sitial, una precedencia o una exención. La expresión 'acabar como el rosario de la aurora' viene de las discusiones, dirimidas a farolazos, sobre qué cofradía del Rosario tenía derecho a pasar primero cuando dos de ellas coincidían en un cruce de calles. Un ejemplo: Felipe II, tan poderoso pero tan prudente, quiso visitar el monasterio de Poblet y avisaron a los monjes de que el rey de España venía de camino. "No sabemos quién pueda ser tal rey", fue la respuesta. "Decidles, entonces, que el conde de Barcelona viene de visita." Cuando llegó Felipe II al monasterio todo estaba dispuesto para recibirle.

Tenemos una herencia histórica impagable, aunque incómoda, pero el tiempo y las circunstancias, la necesidad y los cambios sociales y políticos, las revoluciones y el pensamiento europeo de la modernidad habían simplificado algunas cosas. El conde de Barcelona (salvo el periodo en que lo fue por privilegio don Juan de Borbón) es el rey de Aragón, que a su vez es el rey de Castilla, de León, de Navarra, señor de Vizcaya y toda la nómina de títulos verdaderos o de pretensión que fueron recayendo en una misma persona, facilitando lo que se llamó Unión de Reinos, porque en España nunca hubo naciones, sino reinos, y España era el nombre histórico de un territorio que comprendía toda la Península. La gente civilizada entendía estas denominaciones fuera y dentro de España, hasta que llegó el Romanticismo con su miedo al futuro y la nostalgia por unos tiempos caballerescos idealizados.

El pensamiento de la Ilustración, la Revolución Francesa y el liberalismo tiende a limar las diferencias dentro de una misma nación. Así ocurre en Francia y después en España. Pero hemos vuelto a épocas de pesimismo y ha aparecido la nostalgia histórica cíclica por un pasado peor o que nunca existió. (Es mucho más complejo de como lo contamos en este espacio limitado.) Nos asalta la duda de si las proclamadas e inexistentes naciones españolas no sufren de esa melancolía por una España dividida, que hoy sería, y es, ineficaz y ruinosa. Aunque la duda más martirizante es la de si a la presunta izquierda de la resurrección de Franco, no la atenaza la nostalgia del franquismo, la añoranza de una república autoritaria, socializante, populista, paternalista, capitalista, unida y con sindicatos verticales: un franquismo sin Franco, una dictadura 'popular' que guardara las formas y no se notara demasiado. El franquismo, no el estalinismo, sería el modelo tradicional para una izquierda desorientada y enferma de melancolía.

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