LA pandemia es como una epidemia, pero más a lo bruto: una enfermedad que afecta a individuos de muchos países o a muchos individuos de un país o localidad. El hambre es una pandemia que, afortunadamente, anda en retroceso en el mundo. El hartazgo es otra, pero va en aumento. La obesidad se ha vuelto pandémica en los países desarrollados.

El 63% de los españoles y el 45% de las españolas pesan más de la cuenta. Padecen sobrepeso, que es la antesala de la obesidad. Se transmite de padres a hijos, no sólo por factores genéticos, sino porque los padres gordos generan un ambiente propicio para la gordura. Se come cada vez menos en familia, se alimenta a los niños según modas y caprichos y se les deja ocupar su tiempo de ocio con los videojuegos o frente al televisor. Sedentarismo puro, otro generador de obesidad. Uno de cada tres niños y adolescentes ya superan el peso normal para su edad y cuerpo o son directamente obesos.

No es ajena a esta pandemia la influencia determinante de la cultura norteamericana. Estados Unidos lleva décadas engordando. La novedad es que, aunque con retraso, los españoles nos hayamos incorporado a esta tendencia y la imagen del engullidor callejero, por ejemplo, resulte habitual en nuestro paisaje urbano. Hemos abandonado la tradicional dieta mediterránea que heredamos de nuestros antepasados y que era barata y asequible. Lo malo es que también es la más saludable, y ahora apenas la consumen las minorías más sensibilizadas.

Al contrario que el estigmatizado tabaco, la obesidad no se combate con ninguna firmeza, y eso que representa un problemón sanitario. Va asociada a enfermedades cardiovasculares, diabetes y algunos tipos de cáncer y su tratamiento supone el 7% del gasto sanitario español. La esperanza de vida de un obeso es entre ocho y diez años inferior que la de alguien con peso normalizado.

Pero, ya digo, no hay conciencia social ni familiar de los peligros de estar gordo. Todavía se considera casi una fatalidad contra la que nada se puede hacer o una cuestión de pura estética, sin consecuencias para la salud. Al orondo se le mira como una persona simpática, nunca como un enfermo. Las medidas educativas sobre hábitos de nutrición son incipientes y dispersas, y prácticamente inexistentes las orientadas a gravar los alimentos más dañinos (lo contrario que pasa con el tabaco o el alcohol).

También es que nos dejamos ir. Aunque el canon de belleza dominante es ahora la extrema delgadez, también patológica, conseguirla exige sacrificio y privaciones. En cambio, para ponerse rollizo sólo hace falta comer sin descanso y comer sin distingos. Y comer resulta ser agradable y placentero. Para muchos, lo mejor.

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