La columna

Begoña García / González-Gordon

Pasajeros al tren

HOY, una de mis hijas, vuelve a casa, vuelve por Semana Santa. ¡Qué ganas tengo de verla! Llegará a la hora de comer y la estaré esperando, con el abrazo puesto, con el beso presto, el achuchón preparado. Para recogerla, conduciré hasta la plaza del Caballo, disfrutando del solecito si lo hay. Después, por la avenida de Méjico, ahora tan despejada, meditaré sobre las bondades del rectificar. Hay que ver lo hermosa y airosa que está la calle, sin aquella horrible mediana de hormigón. Qué rectificación tan sabia. Cuando llegue a la calle que pasa por encima de la calle Arcos, su semáforo, que no quiere que corramos a más de 50, me castigará. Se pondrá en rojo, pero por un exceso de velocidad que no es mío, sino del conductor que llevo delante. Han querido, quienes tienen la responsabilidad de regularlo, que recordemos lo fastidioso que resulta cargar con culpas ajenas. De nuevo en marcha, lo más probable es que tenga que chuparme un atasco antes de llegar al Minotauro. Nada me desalentará, llega mi niña. "¡Pero son tan tenaces las memorias oscuras!", como dice Aquilino Duque en un poema de su libro "Entreluces". Verdaderamente tenaces los recuerdos malos. Será por eso que, en cuanto me acerque a la estación, me invadirá la ira. Y la desolación y la impotencia. Sé que lo que me espera, es comprobar de nuevo lo inconmensurable que puede llegar a ser la torpeza humana. Han destrozado la vista del edificio de la estación. Han hecho un horror de una plaza que podría haber quedado preciosa. Y encima, me voy a ver metida en el follón de coches que aguardan sin tener dónde detenerse. Las mentes privilegiadas de los que mandan, deben de pensar que delante de una estación (dos: una de tren y otra de autobuses) lo mejor es no dejar ni un huequito donde poder soltar o recoger a los pasajeros. ¡Qué listos! Pero aguantaré. Me detendré donde pueda. Soportaré insultos y amenazas. Hasta que mi hija aparezca con una maleta casi tan grande como ella. Entonces, nos iremos rápido, mientras yo me dedico a protestar: A ver cuándo demonios rectifican aquí. No me lo digas a mí -contestará mi hija -, díselo a la alcaldesa, que es quien lo tiene que solucionar.

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