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Siempre, afortunadamente y por criterio personal, he procurado estar alejado de los círculos del poder y de aquellos lugares en los que, según oigo decir, se toman decisiones importantes. Ignoro, por tanto, cómo se cuecen cuestiones que, por otra parte, me interesan y afectan como ciudadano. Lo más que he llegado es a ser presidente de una comunidad de propietarios, por el único mérito de que me tocaba el turno por orden de antigüedad. Quedé tan cansado que a la siguiente ronda procuré que se hiciera cargo de ello un administrador profesional de esos que llaman al técnico del ascensor cuando se avería, mandan a alguien para que arregle la cerradura de la puerta o cambie las bombillas fundidas de pasillos y escaleras.

Por eso asisto escéptico a ciertas noticias que afloran en la prensa sobre las medidas de protección de determinados edificios o entornos urbanos. Ya se ha escrito bastante acerca de cómo funciona la susodicha Comisión de Patrimonio, que a alguien oí nombrar como de matrimonio, con el poder, se entiende, y con el recelo que suscitan sus decisiones tanto en asociaciones defensoras como detractoras y ciudadanos en general. Comprendo la alta responsabilidad que tienen sus integrantes pero, como dice el tópico, en el sueldo les va. Entiendo que les ocurra como a los árbitros de fútbol, que tienen difícil contentar a ambas aficiones y, al igual que en éstos, ciertas decisiones suscitan en demasiadas ocasiones, dudas acerca de su imparcialidad e independencia.

Cuando leo que determinados edificios o entornos van a ser protegidos me echo a temblar. Como todo en la vida tiene una doble lectura, una de ellas debería significar el respeto por la historia y el arte, pero la otra me da busilis, como diría Bécquer o jindama como dicen los calés. La protección significa a veces dejar la fachada de algún inmueble que ya está prácticamente destruido y que será reedificado en su interior sin tener nada que ver con lo que era. Otras veces, su resultado ha sido la reconstrucción de un edificio o la recreación y reinvención de un espacio que nada tienen que ver con lo que había ni consiguen emitir las emociones y sensaciones que trasmitían. Recuerdo la muestra de Julián Schnabel en la Casa Grande del Carmen en la calle Baños o los claustros de la Cartuja allá por los 80, y me acuerdo de Adolfo Domínguez, ya saben, aquello de que la arruga es bella.

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