HAY días que dejan huella, una bien marcada e imborrable. Días que escalan con avidez hacia el 'top ten' de tus recuerdos favoritos. Días rebosantes de momentos especiales e inolvidables. Días que dejan resaca de felicidad, esa sensación de haberte quedado con ganas de más, ese sentimiento de plenitud por los buenos momentos vividos, esas ganas de volver a repetirlo, de seguir todavía allí, ese hilo de melancolía que a ratos te inunda y te obliga a aceptar que ese magnífico día ya sólo vivirá en tu memoria. Afortunadamente, las historias siempre tienen segundas, terceras e infinitas partes. Mi hermana mayor, Marta, y su marido Carlos, acaban de ponerse al frente de un lienzo en blanco sobre el que, juntos, dibujarán a su antojo una vida llena de color y felicidad. Y es que, aunque la vida sea sólo un suspiro - o eso dicen -, debemos procurar llenarla de instantes que, aunque fugaces, estén protagonizados por personas singulares, esas que convierten los segundos en inolvidables y te dejan agujetas de satisfacción.

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