Relatos de verano

Los Resucitados (II)

Fue tal la notoriedad de Mariano -y de sus resurrecciones- que un eminente doctor del Norte, famoso por sus curas casi milagrosas y por sus prohibitivas tarifas, cargado con un instrumental modernísimo y reluciente -fabricado en Alemania, esa gente sí que entiende de acero-, recorrió cientos de kilómetros sólo para examinarlo. Tras un minucioso reconocimiento, de muchas preguntas y muchos silencios, "ahora diga 33, ahora saque la lengua, ahora respire despacio y ahora no se mueva; cómo va usted de vientre", el célebre doctor calificó el caso de Mariano como "un acentuado ejemplo de catalepsia aguda, histérica, reincidente e irregular", en unos niveles hasta entonces desconocidos -o no recogidos en los manuales-, porque otra explicación más convincente no le halló. Recogió su petate de instrumental extraño y reluciente -de acero alemán- y regresó por donde había venido.

El padre de Marcelino -Marce para los amigos-, fiel a sus principios, muy reservado para sus cosas, ejemplo perfecto de timidez, no se aprovechó de esta rara cualidad, y desoyó los fáciles negocios que predicadores, videntes, santones y curanderos le propusieron. Y es que a Mariano le propusieron fabricar unas pastillas con su nombre que, supuestamente, te devolvían a la vida ante un posible desfallecimiento. Le propusieron una bebida, una especie de gaseosa, pero con menos burbujas, para mejorar la digestión, que eso es como resucitar, o algo más, cuando uno está empachado. Le propusieron fabricar un colchón con su nombre, con el que resucitar cada mañana, le cantó el proponente con tono de jilguero en celo. Le propusieron un licor, a base de hierbas silvestres y otros jaramagos, que insuflaba calentura a las frígidas y dureza a los blandos, "¿y eso qué tiene que ver con lo que a mí me pasa?", dicen que, desconcertado, preguntó Mariano.

También le propusieron a Mariano formar parte de un circo, con un contrato con varios ceros, para ser una de las actuaciones principales, una de esas que se anuncian en los carteles y que se vocean por los altavoces como reclamo. Incluso, un librero, rico y establecido, famoso por sus enciclopedias ilustradas -y vendidas a plazos, La historia de España como nadie le contó y La Alhambra de Granada, princesa hispánica-, lo intentó convencer para que escribiera en un libro sus repetidas y comentadas experiencias post mórtem. No tiene usted que ponerse a escribir, ni mucho menos, de eso me encargo yo, ya le buscaré alguien bueno y con caché, usted a recordar, usted se lo cuenta al negro que yo le mande y él ya se ocupa de que las frases tengan sus verbos y sus cosas como Dios manda. Después, con gesto mecánico, el librero extendió algunas de sus publicaciones sobre la mesa, a modo de presentación. Ni circo, ni licor ni libro ni nada que se le pareciese. La historia de Mariano Torres, ya por entonces conocido por todos como El Resucitado -tampoco se quebró la cabeza el inventor del apodo-, la conformaban decenas de hojas en blanco que las habladurías de los demás se encargaban de rellenar.

Ante tales antecedentes, no es de extrañar la cláusula que mandó incorporar Mariano a su testamento: "Exijo no ser enterrado hasta que mi cuerpo muestre claros y evidentes síntomas de descomposición, visuales u olfativos", vaya que sucediera lo que tantas otras veces y sus peores y frecuentes pesadillas acabaran cumpliéndose. Pesadillas en las que Mariano se veía semicubierto el rostro por un hilillo de tierra que se colaba por una rendija y arañando, inútilmente, la negra tapa del ataúd, con las uñas partidas, los dedos ensangrentados y la respiración entrecortada.

Qué malas y agonizantes noches las de Mariano Torres. Noches de angustia y de tormento, noches largas y negras. Se despertaba sobresaltado, empapado en sudor, y con el corazón en la garganta, como si quisiera escapar de su cuerpo. Qué te pasa, que parece que has visto al diablo, le preguntaba su mujer; peor todavía, creo yo, respondía Mariano.

Llegado el día, lo que parecía imposible después de tantas y tantas resurrecciones, muy viejo y muy vencido por mil achaques, arrugado como una pasa, con una tos de caverna y tabaco, Mariano Torres, más conocido como El Resucitado, murió -una vez más-. Su cuerpo, desnudo y arrugado, con aspecto de acordeón huérfano de dedos, fue colocado, con las manos entrecruzadas sobre el pecho, en una mesa ancha, fría y áspera de granito, a la vista de todos, en el cementerio de la ciudad, frente al pequeño panteón familiar.

Coincidió el fallecimiento de Mariano Torres con un invierno frío, extremo, como no se conocía en la ciudad desde hacía muchos años, que congeló las cañerías y las fuentes y que convirtió las calles en improvisadas pistas de patinaje raramente artístico -se contabilizaron casi un centenar de caídas, más de veinte con fracturas, mayormente de brazos que de piernas, y hasta alguna cabeza quedó maltrecha-. A pesar de estos rigores, según cuentan, vecinos y forasteros hicieron cola en el cementerio con la única esperanza de que el milagro se obrase en su presencia y ser testigos directos de una nueva resurrección.

Los más agudos de ingenio aprovecharon la ocasión para vender estampitas, medallas y demás reliquias con el rostro del difunto Mariano, y hasta le arrancaron el pelo a jirones y varias uñas de los dedos de los pies para luego venderlas, a cachitos, como infusiones que contenían el secreto de la vida eterna. Puede que conserve en mi casa, perdido en algún cajón, uno de estos exvotos.

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