Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Los Reyes son los cafres

Cómo alguien tan poco mágico y tan desilusionante puede ejercer de agente de la ilusión infantil

Ya hoy, apenas 8 de enero, resulta remoto hablar de los Reyes Magos, e incluso desear felicidad en el año que ha entrado. Pero arriesgaremos: en realidad, lo de los Reyes es lo de menos. Da igual precisar la noticia y sus protagonistas y lugares, la conocerán: un tipo que hacía de Rey negro en una cabalgata y su pregón improvisado en el norte de España no desaprovechó el momentazo: quizá no se verá en otra. Se vio ante su oportunidad wahroliana (Andy Wahrol dijo aquello de "todo el mundo debe tener derecho a sus quince minutos de gloria") y desde el balcón municipal soltó: "Que sepáis que los Reyes son los padres". El Baltasar de ocasión dijo luego que quiso decir con eso que los padres merecían ser los soberanos del hogar, no sabemos si en modo juez Calatayud o en otro más indulgente con la condición paternal. Uno se pregunta por qué alguien tan poco mágico y tan desilusionante en tan señalada fecha puede ejercer de agente de la ilusión infantil. Esto quizá se deba al vigente principio que reza que cualquiera puede hacer cualquier cosa: tiene derecho. Quisiera pensar que las comisuras de la boca del rey bocazas estaban blanqueadas por la ingesta de calimocho. Pero no seamos tan bien pensados: este sujeto es un memo con un alto porcentaje de probabilidades. (Si en algo acredita esto mi opinión, diré que nunca he sido mucho de Reyes Magos, menos ahora. Venga dinero y vengan regalos y tiques regalo y Wallapop para revender lo recibido.)

Concedemos, cómo no, que la naturaleza religiosa de las fechas pasadas muta en general a una visión laica, y que uno puede inculcar a sus hijos una inspiración alternativa y pagana de las navidades. Lo que quieran; allá cada uno y una: por qué negar -severos y coherentes con los principios- a los pequeños una vivencia preciosa si se es ateo, pero buen padre y madre. Resulta menos comprensible, y más bien cabreante y hasta descorazonador, que para reinventar los festejos y las tradiciones dejemos perplejos a los aún inocentes, sin importarnos una higa su perplejidad, por mor de una versión revisionista sobre los que regalaron oro, incienso y mirra a un niño que millones de personas identifican con Dios. Es pertinente recordar aquellas palabras que dicen que dijo aquel niño que recibió los regalos de los Magos de Oriente, cuando ya había cumplido treintaitrés años: "Ay del que escandalizare a uno de estos pequeños, más le valdría le amarren una piedra de molino al cuello y que lo arrojen al mar". Da igual en qué creas: cree en los niños. No los jodas.

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