Cuando me paro a contemplar mi estado y a ver los artículos de hace unos meses, siempre encuentro algunas opiniones en las que no acerté. No quiero ser tan forofo de mí mismo (como si fuese militante de un partido) que me niegue a reconocer mis pifias.

Expuse en varios artículos que consideraba que la mayor torpeza de Fernando Simón era no dimitir tras la luctuosa y larga cadena de errores en su gestión al frente de la lucha contra el coronavirus. Los errores (minimizar el impacto que tendría en España, desaconsejar las mascarillas, no desconvocar actos masivos, equivocarse en la compra de material, dejar a los sanitarios desprotegidos, no saber contar a las víctimas, etc.) son indudables y bastaría uno de ellos para avergonzar a cualquier profesional serio. Resultaba muy raro que Sánchez no lo destituyese, aunque para eso tenía yo una explicación maquiavélica. Cuando le pidiesen responsabilidades a Sánchez (que también pensé -ay, iluso- que el pueblo español se las pediría antes que tarde), él tendría guardado el as en la manga de ofrecer al público la cabeza de Fernando Simón. Lo que para Simón debería haber sido otro motivo de dimisión: no prestarse, encima, a ser el chivo expiatorio de nadie.

Pero Simón sigue aquí, como en el cuento de Monterroso, sin problemas para irse a surfear a Portugal o a montar en globo con Calleja. A la vez, se pide la dimisión de Isabel Díaz Ayuso, que no tiene la póliza de seguro a todo riesgo que da la izquierda.

Me queda la duda de qué hubiese pasado con la cabeza de Simón si la opinión pública hubiese sido más exigente con Sánchez. Yo creo que habría caído, pero no calculé la descompensación (descomposición) moral que existe en España entre lo que hace el Gobierno central y sus peones y lo que hacen sus rivales. Quizá Simón sí acertó en ese cálculo (el único). En todo caso, es un error mío de ingenuidad elemental que no debería permitirse un comentarista político. Las camisetas de apoyo a Fernando Simón, los grupos de internet y el fenómeno fan que le aureola me sirven de recordatorio de mi candidez y me echan en cara mi ingenuidad, que todavía se pensaba que existían cosas como la seriedad en la gestión, el juicio por resultados y la responsabilidad profesional. Yo me doy golpes de pecho y el Gobierno surfea las olas de los datos pésimos. Mientras nuestra economía y la sanidad se hunden, se da un paseo en globo aerostático.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios