En medio de la trifulca interna que amenaza con desangrarlo parece que las tendencias suicidas que anidan en la socialdemocracia europea están atacando con virulencia al PSOE. Sólo si los socialistas españoles están dispuestos a seguir el camino hacia el abismo que abrió Jeremy Corbin en el laborismo británico y al que se han dedicado luego con entusiasmo los franceses de la mano de Benoît Hamon, se pueden explicar algunas cosas. La primera, que el candidato que ha proporcionado al PSOE las dos derrotas más apabullantes de su ya larga historia ande estos días subido a una ola entusiasmo convencido de que será capaz de ganar las primarias que lo devolverían a la Secretaría General. La segunda, las caras de alarma que empiezan a verse en los más cercanos colaboradores de la candidata que partía con todas las opciones de victoria y que representa al partido capaz de convertirse en alternativa real de gobierno. La tercera, el desconcierto con el que asisten a este espectáculo los dirigentes históricos, los que un día no muy lejano lo hicieron grande y que ven cómo todo puede irse al garete. Y la cuarta, la peor, la satisfacción que se observa en las radicalizada militancia que acude a las agrupaciones convencida de que por fin se va a poder derrotar a los apparatchiks que se han vendido a la derecha y al Íbex.

No hay que irse muy lejos ni en el espacio ni en el tiempo: Francia y sus recientes elecciones presidenciales. El partido que tenía la Presidencia de la República y la Presidencia del Gobierno cayó hasta un ridículo 6% de los votos que los colocó a la cola de las opciones políticas que concurrieron. Hamon, que ganó contra pronóstico las primarias, representaba el ala más radical del PSF. El pasado martes Manuel Valls, que presidió el Gobierno francés y que era una de las voces más escuchadas dio el portazo con una frase que no deja lugar a dudas: "Este Partido Socialista está muerto".

Es fácil hacer una traslación de la situación del PSF a la del PSOE. El partido que más tiempo ha gobernado en España en democracia está en riesgo de entrar en una deriva que lo envíe a la irrelevancia política. El gran beneficiado de esa implosión no sería Podemos, al que le falta mucho para ser una alternativa creíble de Gobierno. Quien de verdad saldría ganando sería el Partido Popular que tendría el horizonte electoral despejado por tiempo indefinido y que podría seguir esquivando el bombardeo de corrupción que le está cayendo encima. Los militantes del PSOE son los que tienen ahora la responsabilidad de hundir a su partido o de ponerlo en vías de recuperación.

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