Tierra de Nadie

Alberto Núñez Seoane

"Las líneas rojas"

A pesar de lo poco que lo practicamos, pensar no sólo es un ejercicio saludable, si no también necesario, del todo. Ese "decirnos…", hablar con nosotros, preguntarnos y respondernos, escucharnos e incluso tratar y, a veces, conseguir entendernos y querernos, es lo que va a hacer posible que nos situemos en la posición que corresponde, aquella que puede hacer realidad realizarnos como las personas que somos, la razón por la que no somos ni objetos, ni plantas ni tampoco animales… irracionales, el motivo -último y primero- de nuestra existencia y por el que vivimos.

Nuestra inevitable condición de "animales sociales" determina, casi por completo, el modelo de vida en el que aspiramos gastar nuestros días. El contacto que posibilita la conexión entre nosotros -en la intensidad, forma, duración y circunstancia que cada cual exija o necesite- es lo que, con el discurrir de los años, sin duda va a forjar y modelar la actitud con la que nos mostremos en la comunidad que nos albergue, que, en ocasiones, puede llegar a coincidir con las verdaderas inquietudes que nos mueven. Cuanta mayor sea la disociación entre estas dos "realidades": con la que nos relacionamos -externa- y la que sentimos que somos -interior-, mucho peor nos irán las cosas. Y, con "las cosas", me quiero referir a la legítima satisfacción, la impenitente afición por lo coherente, la lucha por lo que sabemos justo, la paz de espíritu…. eso que hemos convenido en llamar "felicidad".

La convivencia, el roce a diario con nuestros semejantes: la proximidad con los que queremos y el contacto -deseado o no, pero obligado- con los que, de un modo u otro, van pasando por nosotros; nos conduce a conformar opiniones sobre lo que los otros hacen, dicen o creemos que piensan. Vamos tejiendo un conjunto de pareceres que, las más de las veces, concluyen en veredictos que no han dado al "juzgado", y ahora sentenciado, la oportunidad de rebatirlos. Vamos dibujando esas llamadas "líneas rojas", con las que pretendemos delimitar lo que llegaremos a considerar aceptable y lo que no, lo que calificaremos como "bueno" o como "malo", lo que alabaremos y lo que denostaremos o incluso lo que querremos destruir. Nos convertimos en el escribiente del libro en el que se plasman las instrucciones que los demás han de cumplir para ser aceptados o expulsados, bien recibidos o despreciados, admirados o repudiados en las vidas que creemos nuestras, pero no lo son. No lo son, porque sin ellos, sin esos "otros" que han sido, aunque ya no sean, esos que van y vienen, que fueron y siguen siendo, no tendríamos las vidas que clamamos como propias.

Es el afán – y no digo que lo sea con mala intención- por intentar asegurarnos el disfrute de la cuota de felicidad que consideremos mínimamente aceptable en nuestro existir, lo que acapara nuestro interés, esfuerzo e intención; y esto, sin tener porque ser perjudicial, en muchas, muchísimas ocasiones -demasiadas, en cualquier caso- lo acaba siendo por lo que de obsesivo pueda llegar a tener. Cegándonos de tal modo que nos impide el goce de tantos otros deleites, agrados y complacencias, puede que intangibles, breves en apariencia, tal vez humildes, pero del todo capaces de hacer valiosa, y bastante más, las vidas de cualesquiera de nosotros.

La cuestión -al menos una de ellas- no está en trazar esta o aquella "línea roja", la cuestión, más bien, está en "dónde" se bosqueja ese delgado trazo que, por iniciativa propia, va a separar lo negro de lo blanco -no es tan claro, a veces-, lo tuyo de lo mío o lo suficiente de lo bastante, el sentir del sufrir o el tormento del éxtasis. Esa fina, delicada y sutil "línea roja" la hemos de dibujar "en" nosotros. También en los demás, pero antes, "en" nosotros. La diferencia es abismal.

Tan brutal será la diferencia, que marcará el sentido de nuestra existencia. Si primero esbozamos los trazos propios, delinearemos los que correspondan a los otros desde una perspectiva de consciente humildad, de asunción de nuestras limitaciones, de comprensión para con los defectos ajenos que son también los que nos definen. Si, por el contrario, ejercemos por imponer las reglas del juego a los que nos rodean, antes de haber dejado claras las que nos limitan, el resultado nunca podrá ser el que, aún con sana intención, perseguimos. Ni que decir tiene que, en el funesto caso de prescindir, o de no asumir las líneas que nos son propias y cavilar sólo sobre las de los demás, el desastre existencial estará garantizado.

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