Qué delicia lo poco que sabemos de Garcilaso de la Vega, porque tenemos lo más hermoso, y alguna anécdota biográfica significativa de regalo. De Lope de Vega conocemos más, y está muy bien, pero no es tanto. Lo que los literatos de ahora van a dejar a la posteridad, teniendo en cuenta que hoy se graba todo, se fotografía todo, se guarda todo en internet, va a resultar abrumador y bochornoso.

"No hay hombre grande para su ayuda de cámara", se decía, cuando había ayudas de cámara; pero ahora es peor, porque no hay hombre grande con la ayuda de una cámara, y las hay por todas partes, en este panóptico en el que imperceptiblemente vivimos.

En esta columna no somos de rendirnos ni de lamentarnos, aunque el columnista en cuestión va dejando su pequeño rastro tartamudeante, tanteante, opinativo, trastabillado y titubeante en las redes de tantos textos, conferencias o presentaciones que quedan grabadas para la eternidad en meet o en youtube. ¿Cómo encarar la situación? De la mejor manera: confiando en la inteligencia misericordiosa de los lectores.

Johann Wolfgang von Goethe nos dio una solución. El muy listo se hizo el tonto (en los dos sentidos) y cogió lo del ayuda de cámara y, en vez de entenderlo como que nadie es grande para alguien que le ve todo y cerca y cada día, como es obvio, hizo un interpretación estirada, snob,tonta en el segundo sentido también. Para el pomposo y penetrante poeta alemán el ayuda de cámara no veía grande al hombre grande porque no era de su categoría y, por tanto, se fijaba en las menudencias. Depurando un poco la respuesta, nos vale.

Ahora que estamos tan sobreexpuestos, el lector inteligente será el que sepa desdeñar las minucias y quedarse con aquellas obras definitivas (las publicadas en libro, por ejemplo, con ese sello implícito de autenticidad depurada). La ansiosa tecnología de nuestro tiempo nos inmortaliza casi como al pobre príncipe troyano Titono, al que la Aurora, prendada de su belleza, otorgó la inmortalidad, loca de amor, pero olvidó añadirle la eterna juventud, de modo que se fue arrugando, arrugando hasta terminar en un humilde grillo, que cantaba (oh, eso sí) a Eos. Lo suyo -con los grillos y en general con todos- es quedarnos con el canto y hacer ojos ciegos al insecto.

Los letraheridos de hoy y, sobre todo, del futuro tendremos que aprender la titánica tarea de desdeñar lo malo de los buenos. Será un hermoso cometido.

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