La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Triste final de un gran rey

Lo que estos días le sucede es, sin lugar a dudas, culpa suya. Pero no debe borrar sus muchos méritos

Juan Carlos I pasará a la historia por ser el símbolo de la transición pacífica de la dictadura a la democracia. Este país debe tan difícil proceso a los políticos que lo gestionaron, desde luego; pero pudieron hacerlo gracias a las clases medias generadas en los años 60 y a Juan Carlos I. Había mucho, y muy duramente ganado, que perder. Y era necesario que alguien ocupara la Jefatura del Estado mientras el franquismo se autodisolvía, los partidos se legalizaban, las leyes se cambiaban, se celebraban las elecciones preconstituyentes de junio de 1977, se redactaba la Constitución y se convocaban las elecciones constitucionales de marzo de 1979.

La voluntad de los españoles era clara: en el 77 los partidos de centro derecha y centro izquierda ganaron abrumadoramente: UCD, con el 34,44% y el PSOE socialdemócrata de entre los congresos de octubre del 74 y septiembre del 79, con el 29,32%. Los partidos a su izquierda y derecha fracasaron: el poderoso PCE -símbolo mayor de la oposición al franquismo- obtuvo el 9,33% y AP, el 8,21%. En las elecciones del 79 volvió a manifestarse esta clara voluntad del pueblo español: UCD obtuvo el 34.84%; el PSOE, el 30,40%; el PCE, el 10,77%, y la Coalición Democrática de Fraga, el 6,05%; mientras, los más radicales se hundían: casos de Blas Piñar, con un 2,11%, o del PTE, con un 1,07%. En el 82 culminó la Transición con la apabullante victoria del PSOE (48,11%), seguido a gran distancia por AP (26,36) y a distancia sideral por el PCE (4,02%).

El puente institucional de este proceso asombroso que ahora muchos se empeñan en minimizar o despreciar fue Juan Carlos I, jefe del Estado en los difíciles mandatos predemocráticos de Arias Navarro (noviembre 1975-julio 1976) y Adolfo Suárez (julio 1976-junio 1977), y en el constituyente de Suárez (junio 1977-marzo 1979). Esto, y su actuación el 23 de febrero de 1981, le valió el general reconocimiento cuya máxima expresión fue el "soy juancarlista" de Carrillo.

Lo que estos días sucede es, sin lugar a dudas, culpa de Juan Carlos I. Pero no debería empañar y menos borrar sus enormes méritos. Este triste final que, presunción de inocencia por delante, él se ha buscado será unas pocas líneas en los libros de historia frente a las muchas que ocupará su papel en la Transición. Salvo que Unidas Podemos y otras formaciones logren derribar lo que llaman "régimen del 78", cuya base es la Monarquía parlamentaria.

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