Su propio afán

Ucrania y yo

Dejamos que asuntos aún abiertos se desvanezcan cuando aparecen otros que distraen nuestra atención

Hago un repaso mental urgente de temas de actualidad a los que podría dedicar este artículo. Me salen seis o siete. Pero se lo voy a dedicar a uno que no me sale: Ucrania. La guerra sigue, Zelenski incluso advierte de que entre ahora en su fase más sangrienta; pero se ha esfumado de las páginas candentes de la prensa y todavía más de las conversaciones atentas de la calle. Se escriben crónicas excelentes desde el lugar, sin duda; pero mi impresión es que se leen mucho menos. Apenas se comentan.

Recuerdo un meme de los primeros días de la invasión. Un matrimonio joven y atractivo compartía la cama. Ella le miraba a él, que estaba vuelto de espaldas, y se decía con cara de angustia: "Seguro que está pensando en otra mujer". A la vez otro globo mostraba su pensamiento: "¿Resistirá Kiev una noche más?". Me hizo gracia porque era verdad, que es la raíz más honda del humor. Yo llevaba días en los que no pensaba en otra cosa.

Ahora tengo que forzar la memoria. Lo cual es un hecho significativo. Cuando tenemos un conocimiento no sólo ajeno y lejano, sino también superficial, no podemos decir demasiadas cosas. Por supuesto, sí condenar enseguida el asalto a un país soberano, aspirar a que Occidente aprenda sus lecciones y las aplique; y algunos podemos rezar. Todo eso ya lo hemos dicho y hecho, y eso explica el silencio que es -reconozcámoslo- de impotencia, no sólo por frivolidad o dejadez. Rezar permite más perseverancia que la opinión y la teorización, pero también hay que acordarse, ojo, cuando lo demás decae.

No es un caso aislado. No sólo en la política internacional, sino que puede pasarnos en la política nacional y local, y hasta con nosotros mismos. Por debilidad de carácter, por falta de conocimientos, por la inconstancia de la curiosidad, dejamos que asuntos aún abiertos se desvanezcan cuando aparecen otros que distraen nuestra atención con nuevo ruido. Ucrania quizá pueda prestarnos un servicio más, de entre los muchos ejemplos que está dando, si llama la atención contra esta amnesia moral que nos anestesia.

Hay ciertas luchas interiores esenciales que hemos de seguir librando y atendiendo, aunque los focos apunten a otro sitio. Dejemos que las portadas de la prensa y los nervios de los medios se muevan incesantes, porque está en su naturaleza. Mientras tanto, no perdamos del todo de vista los asuntos más graves: ni los del mundo ni los del ánimo de cada uno.

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