como lo que nos temíamos no ha hecho nada más que suceder; volver sobre lo mismo es un gasto innecesario de energía y sólo sirve para insistir en una herida abierta que haga más daño que lo que está haciendo.

Ya sabemos que la debacle tiene muchos culpables -la anarquía de un club roto en mil pedazos por las sinrazones de todos, de los que mandan, de los que menos mandan, de los que presiden, de los que no presiden, de un entrenador a quien convirtieron en mesías cuando no era nada del otro mundo y bien que lo demostró y que fue sustituido por otro cuando todo estaba ya más que decidido y, por supuesto, de unos jugadores que no han estado a la altura y que, en muchísimas ocasiones, han manifestado que tenían ese mal que hace una glándula llamada testiculitis no hacía sus funciones correctamente y que, además, padecían de una gran pusilanimidad ante las contrariedades-; sólo la afición ha mantenido la compostura -a veces con demasiada condescendencia- y demostrado lo que es sentir los colores de verdad.

En esa afición me quiero detener y, en nombre de ella, en un vecino de localidad, Ramón Escribano, un joven xerecista desde que nació, al que he visto sufrir en la grada y padecer por culpa de un equipo y de un club que no tenía la menor consideración hacia los muchos Ramón Escribano que hasta el último momento han estado allí, sabiendo lo que había, pero demostrando que el Xerez estaba por encima de todo y de todos los impresentables que han hecho que una historia se vaya al infierno de una manera irresponsable, agónica y patética.

Ya todo España sabe que los jugadores se han tenido que comprar el famoso linimento Sloan -aquel tío del bigote de nuestra infancia- que ahora viene embasado en un spray, que se llama Reflex, que huele igual y que sirve para lo mismo; y que han tenido que aprovisionarse de las vendas y de otro tipo de material médico.

Todo eso refleja claramente la imagen de esta entidad, que no se merece nada de lo que le está pasando ni los impresentables que están al frente desde hace ya mucho tiempo.

Decía Ramón, cuando ya todo se había acabado que, ahora se sentía más xerecista que nunca y que era el momento de dar la cara, de seguir manteniéndose firmes ante lo que pudiera venir, siempre mirando en azul y blanco de los colores de su equipo.

Ante este Ramón y los miles que han dado ejemplo jornada tras jornada, los directivos, el de Dos Hermanas, el otro y el otro, el entrenado aquel que se creía don Helenio Herrera y demostró que no era absolutamente nada en el fútbol español, aunque subiera a Primera División a un Xerez que, entonces, cualquiera hubiera sido capaz de hacerlo, esos jugadores más ramplones que uno pudiera imaginar, que no han hecho nada más que un ridículo en una Segunda División de patio de colegio; a todos estos se les tenía que caer la cara de vergüenza.

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