HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano /

Viaje a la verdad

BUENA parte de los conocidos que saludamos por la calle desaparecen en agosto. No suelen ir muy lejos, pero algunos se aventuran a viajes exóticos por países lejanos sin ser arqueólogos ni antropólogos y volverán, como cada año, algo más desconcertados. Agosto se les escapa y es seguro que nunca sabrán lo que se han perdido, porque no se puede sentir nostalgia por la pérdida de algo que no se ha tenido ni vivido. Solo los nacionalismos chicos de los dos últimos siglos sufren de melancolía por naciones que nunca existieron. La tristeza estéril es tristeza verdadera, pero el objeto que la causa no lo merece. La añoranza de una vida ajena pasa a ser nuestra cuando alguien nos la cuenta bien en un libro, porque quien sabe contar sentimientos universales humanos cuenta la vida de todos. Así lo hace William Henry Hudson en Allá lejos y tiempo atrás, libro para el silencio y la lentitud de agosto, un viaje verdadero a la propia vida.

No importa que Hudson naciera en Argentina de padres norteamericanos, ni que tuviera a Inglaterra por su verdadera patria, ni que nos cuente su percepción del mundo entre los cinco y quince años en la hacienda de sus padres al sur de Buenos Aires y que esos años transcurran entre 1846 y 1856. No importan estas aparentes distancias porque a las pocas páginas sabemos que está hablando de nosotros y contándonos nuestra vida. El literatura no hay milagros, sino talento, pero parece milagrosa la manera natural de ejercer un influjo con las palabras y adentrarse en nuestra intimidad, de contagiarnos una dulce melancolía, como si hubiéramos estado con él en un lugar tan lejano y en otro tiempo. En realidad estuvimos con él cuando tuvo la primera noticia de la muerte y le hizo preguntas a su madre sobre la inmortalidad, cuando a los 14 años estuvo muy enfermo y dudaba de su curación, y entendía la eternidad como una sucesión de 50 otoños y primaveras más que vivir y miles de crepúsculos distintos que ver. Esperar otras tantas veces la vuelta de las aves migratorias, el florecimiento de la llanura y los melocotoneros, las grandes tormentas y los majestuosos flamenco al alzar el vuelo. La eternidad era una vida humana viendo volver.

En este libro hay un espíritu humano común a todos, como si un soplo divino hubiera dictado sus páginas o una rara sensibilidad lo hubiera conectado milagrosamente con lo antiguo y eterno que todos los hombres tienen y sienten en todos los lugares y en todos los tiempos. El mejor viaje para un agosto favorable, que nos protege del mundo agitado y sin reposo de quienes prefieren vivir velozmente para llegar a ninguna parte. Viaje a la verdad de la buena literatura, tantas veces salvación de la fealdad y la mentira, una bendición, un bálsamo, una felicidad querida también para los demás. Recomendarlo y compartir sus emociones por haberlas comprendido es ya una emoción.

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