Hay otra cosa que tampoco se aplaude a la Iglesia Católica. La perfección con la que ha logrado una separación entre la religión y el Estado inédita en la historia de la humanidad. Todo Occidente es un ejemplo continuo de esta diferencia tan difícil y tan sostenida, pero el ejemplo más actual es el hecho estadísticamente anunciado de que, aunque Joe Biden, el candidato demócrata, es católico, la mayoría del voto católico no va a votar sino al protestante, que, además, no es un ejemplo vivo de moralidad privada.

Me malicio que con otros candidatos se aplaudiría muchísimo más la independencia del voto católico, pero yo, al menos, no quiero dejar pasar esta ocasión de celebrarla como se merece, con objetividad. Lo que cogió Jesús en esa escena magistral de los impuestos que había que pagar o no, fue una moneda, en la que vio la cara del César, y gracias a la cual se marcó esa inesperada salida de "Dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que le toque". No cabe ninguna duda de que, si le hubiesen dado una papeleta electoral, la hubiese mirado con el mismo ojo distante e irónico que al sestercio, y hubiese dicho algo muy parecido.

No quiere decir esto que nos sobre ninguna de las dos instancias, ni el poder político ni la autoridad religiosa, ojo. De hecho, la manera más sana de manejar los asuntos humanos es que exista, entre ambos, respeto a sus sendos ámbitos propios, y una vivificante tensión. Tengo para mí que Dante Alighieri, güelfo blanco, osciló un tanto apoyando o al Papado o al Emperador según veía quién de los dos se excedía de sus atribuciones. Ni Federico Barbarroja ni Bonifacio VIII se limitaron a lo suyo respectivo, y Dante, que conocía su peso futuro, se inclinaba a un lado u otro para mantener la balanza de la historia.

Algo parecido pasa en los Estados Unidos. A un presidente, los católicos no le piden que vaya a misa cada domingo, como va Biden, sino que en su ámbito de competencia proteja la vida desde la concepción hasta la muerte, defienda la familia, ampare la propiedad privada y no interfiera en la libertad de pensamiento, de expresión y de educación de los hijos ni en la fe de los individuos. No es que el voto católico no exista, sino que vota por principios universales de bien común. Es una gran aportación de la Iglesia, que quizá Pedro Sánchez, que citó con tanto arrobo al Papa Francisco en la moción de censura, tampoco tiene muy clara.

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