
Una vuelta más
Jesús Benítez
Muertos en vida
HABLANDO EN EL DESIERTO
Raros son en España los días de votación sin la sombra de uno, varios o muchos asesinatos. Nunca hemos perdido el atavismo de los sacrificios humanos en las vísperas de un acontecimiento para tener propicios a los dioses. Se hacían sacrificios antes de las batallas, en la entronización de un rey, al sembrar y al recoger la cosecha. Todavía sentimos que existen fuerzas telúricas ancestrales que hacen nacer de la tierra, como a los primeros hombres, los nacionalismos patrióticos y sentimentales. No tienen solución porque su nacimiento, su desarrollo y su moral enlazan directamente con la creación del hombre, según las antiguas teogonías. Cuando éramos jóvenes nuestra idea de los nacionalismos terroristas era de una simplicidad peligrosa, como la piedad que inspiran los débiles para establecer su tiranía. Era tarde cuando supimos que las perversidades se sustentan en argumentos morales que limpian de culpa la conciencia de los verdugos.
No hace muchos días leí un comentario sobre la cultura y la ética de la muerte, como impulso de la tierra y sacrificio propiciatorio, de los patriotismos étnicos. Lo cito de memoria: "Nunca nos perdonarán el habernos tenido que matar". Los culpables somos todos los demás, no ellos, por impedir la libertad de su territorio y de su raza. Ellos se han visto obligados a matar al invasor que los oprime, al extranjero que ha hollado la tierra sagrada de sus antepasados. Se ven obligado a tomar la senda de la sangre porque no les hemos dejado otro camino para obtener la libertad. La libertad y la tierra son tan sagradas desde los australopitecos, y lo es para muchas otras especies animales, que es lícito matar por defenderlas a los criminales que nos han convertido en asesinos. Los impuros, los degradados y los amorales son los que deben morir por querer quitarnos la dignidad de una nación sojuzgándola.
La especie humana no es de fiar por ser muy inteligente. En la juventud creímos en la bondad natural del hombre y en la hermandad universal, ahora sólo pensamos en guardarnos y prevenirnos de las maldades y violencias de la raza humana. El mal sin inteligencia es una caricatura del Mal. El hombre es tan inteligente que crea sofismas, argumentos morales, altos conceptos éticos y sectarismos espirituales para justificar lo injustificable y tranquilizar las conciencias de los adeptos a sistemas perversos. Aparte de resistirles y de perseguirlos, poco podemos hacer. Los estudiosos del alma humana hablan de la catatonía en la que una persona puede caer cuando siente un fuerte impulso criminal que su moral no le permite. No hay esperanzas de que la sufran los etarras. Su lucha es alta y pura, justa y sagrada, tan legítima y bondadosa que nunca perdonarán al mundo entero el que los haya empujado a matar.
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