Tribuna libre

Antonio Morillo Crespo

El abuelo de 'El Niño'

EL Niño nació, bueno se crió, en casa de sus abuelos por encima de la esquina de la Pita, en la calle Santiago de Vejer. Y estaban con él como Mateo con su guitarra. Le llamaban Jesulito. "¡Jesulito, ten cuidao!" le decía siempre su abuelo, atento a que no se cayera por la escalera, a que no metiera la manita en el enchufe de la luz... Jesús era el hijo de su hija más pequeña y era el ojito derecho de su abuelo.

Ramón Romero Núñez, el abuelo, gitano de postín, moreno de verde luna y hombre de bien, era maestro de obras del Ayuntamiento de Vejer por los años 80 y 90 del pasado siglo. Estaba yo entonces de alcalde de esta villa, pueblo y ciudad y me tocó en suerte tener una plantilla formidable que compartió con nosotros la llegada de la democracia y el despertar del pueblo, con viejas ansias de remontar del abandono y del ostracismo. Teníamos tres maestros encargados del personal: Paco Castro de jardines, Pepe Navas y Ramón Romero de obras. A cual mejor. Eran los tiempos del famoso PER y con estas subvenciones se arreglaban calles, caminos, edificios y hasta las murallas.

Tengo de Ramón sabrosas anécdotas que ilustran su gracejo, espontaneidad y empeño. Las calles del casco antiguo se pavimentaron con chinos. Y Ramón dio a cada obrero un cuadro, para que en él, según su creatividad, dibujara lo que quisiera. Uno ponía unas aspas, otro una figura, otro unos círculos, una estrella... Al llegar yo el sábado los repasé con él y me encontré con que al final había uno que sólo ponía dos letras mayúsculas: S.T. "¿Y esto qué es Ramón?". Y me contestó: "Pues está muy claro: Se Terminó". Y allí quedó como firma y testimonio de su labor, como si lo hubiera firmado un escribano o notario de pro.

Otra vez teníamos obras en la Casa Consistorial y, al entrar, yo le vi con una picola abriendo una regola a dos metros de altura. Él era bajito. Al terminar el despacho volví a pasar y todavía estaba el hombre sudando con su ardua tarea. Y entonces le dije: "Mira, Ramón, descansa y, como hay que abrir una zanja en el suelo, descansa, coges un pico y la abres...". Ramón comentaba jocoso el descanso en el trabajo que el alcalde le había proporcionado nada menos que con un pico y una pala.

Y la tercera. Alternaba yo el Congreso de los Diputados con la Alcaldía. Y solo podía, visitando con mi Vespa, repasar las obras al principio y final de la semana. Pero terminó la legislatura y entonces, todos los días en Vejer visitaba las obras con mi citada Vespa, dos o tres veces en la jornada. Y Ramón me dice un día: "¿Y a usted por qué no le hacen otra vez 'putado' y nos deja más tranquilos?"

Ese era Ramón con su espontaneidad y su amistad. Se sabía sin planos todas las madronas y conducciones de las calles, el tiempo que se arregló cada una y hasta quién hizo las obras. Le gustaba cantiñear por fandangos, alegre y simpático, lo cual compaginaba con tener sangre en las venas y ser un gran trabajador.

Me han contado que en el cielo de los calés y de los payos está él y le pidió permiso a San Pedro para ver la película de su nieto. Pero como en el cielo no hay cine, le buscaron un Ipad. Al fin y al cabo el cielo es la fábrica de los milagros. Total que Ramón ha visto la película El Niño. Y está desbordado, más contento que unas pascuas presumiendo entre los ángeles de su nieto y diciendo: "Ya decía yo que este niño prometía...". Al final le ha mandado un e-mail a su nieto que dice textualmente: "Jesús, pisha, ten cuidao, no se te suba la cosa al coco y sé honrao. Abrazos de tu abuelo Ramón".

Yo, cuando he visto la película, me ha sorprendido ver en el protagonista Jesús Castro Romero el desparpajo, espontaneidad y gracejo de su abuelo. Hay una diferencia: que el nieto ha crecido, es más alto y espigado, que Ramón era bajito. Pero si tiene sus genes, seguro que llegará muy lejos.

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