La ciudad y los días

carlos / colón

Ni ciega, ni sorda: muerta

SI usted no es padre, imagíneselo. Si lo es, intente sentirlo. Han secuestrado y asesinado a su hija. Han escondido su cuerpo. Se ha detenido al asesino y a sus presuntos cómplices. Tras jugar con la Policía y torturar a los padres indicando varias localizaciones distintas del cuerpo, lo que conlleva grandes operaciones de búsqueda en el río, el vertedero de Alcalá y otros lugares, se evidencia que el asesino miente. Pasa el tiempo. Llega la condena: sólo 20 años. Digo bien: sólo 20 años. Y que se escandalicen, si quieren, los biempensantes y filántropos que alimentan su buena conciencia con el dolor, la angustia y la impotencia de las víctimas. Los presuntos cómplices son absueltos.

Pasa más tiempo. El cuerpo sigue sin aparecer. Sumen al dolor inconcebible de unos padres que pierden a su hija, el de que ésta haya sido brutalmente asesinada. Y a este dolor multiplicado hasta un grado que nadie, salvo ellos, puede siquiera imaginar, sumen el desgarro de que el cuerpo esté desaparecido, sumiéndolos en un duelo interminable y un dolor al que ni tan siquiera se le concede el mínimo consuelo de dar sepultura a su hija y esperar que el tiempo vaya cerrando esta herida que siempre deja dolorosas cicatrices.

Recurren al Supremo y su fallo ha sido tan decepcionante que la madre de Marta del Castillo ha hecho las declaraciones que ayer difundían todos los medios de comunicación nacionales: "Si la Justicia no nos devuelve el cuerpo, esta Justicia no es que esté ciega ni sorda, está muerta". Se comprende que lo diga. No porque la ciegue la "rabia e impotencia" que siente, como madre, al no haber podido recuperar los restos de su hija. La frase pesa, y no se puede leer sino sintiendo todo su peso: no haber podido recuperar los restos de su hija.

No es por esto por lo que se comprende que, en una disculpable reacción emocional, diga que la Justicia no es que esté ciega ni sorda, sino que está muerta si no le devuelven el cuerpo de su hija. Lo dice con fundamento de razón y pruebas de sufrimiento: el suyo y el de su familia. Su rabia, su impotencia y su dolor tienen miles de años: es el grito de los padres que no pueden enterrar a sus hijos muertos. Un grito que por desgracia atraviesa la historia desde hace siglos, como el de Príamo suplicando que le entreguen el profanado cadáver de su hijo Héctor. Las tragedias son espejos de la vida. Seamos solidarios con los padres de Marta. Sumémonos a su petición de justicia.

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