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Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

La ciudad asalvajada

Este año, las golondrinas volvieron al ojo de patio sus nidos a colgar. Comenzaron a merodear antes que de costumbre, coincidiendo con un veranillo extraño a finales de febrero. Ya en esta primavera reventona, los pollos de la primera nidada a veces salen del nido y toman el sol en un pretil inclinado entre lección y lección de vuelo o atentos a las rasantes de su madre y padre para embutirles agua y comida en los picos chillones, aún por afilar. Esta temporada, con los vecinos confinados en su segunda vivienda, la familia de plumaje negro, blanco y fuego se comporta más confiada, y menos ruidosa; quizá la amenaza del humano tras la ventana los haga chillar, y ahora eso no pasa. Si sales a la azotea, las pasadas de los padres cerca de tus gafas ya no son lo que eran: se diría que hay en ellas de pronto más curiosidad que temor y defensa. La natural globalización es que las golondrinas recorran 40.000 kilómetros en su periplo de ida y vuelta desde el Atlántico norte, que críen en tu patio interior unos meses, crucen el Estrecho de Gibraltar y atraviesen el Sahara y mucho más para pasar un verano antártico, y luego desandar el camino, de vuelta al septentrión, todo por un imperativo salvaje. La versión siniestra de la migración de las especies por el mundo es que un virus emerja allá por el Extremo Oriente, viaje sin dejarse ver y acabe matando a miles de personas en todo el mundo.

He sabido por familiares que han salido a la romería de la santa desescalada en MTB y licra que el parque del barrio está salpicado de amapolas y mariposas, y ambas presencias requieren aire puro. Algunos bancos han sido engullidos por la maleza. Al caer la tarde, los mirlos nos regalan sus jam sessions: parecen estar vacilándote con gran virtuosismo canoro. Los patos toman la ciudad, y dos machos de pecho verde porfían a medianoche por una novia en una calle peatonal del centro. El animal urbano más presente, la paloma, brilla por su ausencia de pronto. Y de pronto, lo que resulta exótico es el ruido del autobús de línea que solitario y vacío recorre su ruta una y otra vez. Como las oscuras golondrinas al ojo de patio, volverán los coches, los niños con sus mochilas, los amores pasajeros, las paellas eternas que acaban en gin tonic, el abuso del claxon. Y me temo que hablaremos de este periodo como un tiempo irreal, colgado en el pasado como por arte de magia. Y no habremos aprendido que el verdadero peligro es llevarse mal con la naturaleza, que acabará imponiéndose, con o sin nosotros, en este pequeño planeta.

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