HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

La columna

LAS mañanas que aparece esta columna con otro nombre y otro escrito que no son los míos, parece que algo ha fallado, que ha habido un error de imprenta. En cierto modo es así: he fallado yo y he errado por omisión. No es que el sitio sea mío como los sillones de la casa en los que tomo asiento sólo yo, es que, al igual que los asientos cuando los ocupan otros, se ha roto una costumbre, ha habido una especie de usurpación. Cambiar de costumbres cuesta porque, aunque tenga otras muchas manera de ocupar el tiempo, la tendencia a hacer las mismas cosas a las mismas horas nos martiriza cuando no las podemos hacer. Escribir no es exactamente reanudar un trabajo que hemos dejado a medio hacer, en la mayoría de los casos es empezar de cero, sin saber bien como vamos a desarrollar el ensamblaje de las palabras o si al final faltará una pieza que dé al traste con el escrito. Las páginas tienen una estructura y las palabras las ideas.

Muchos días me siento a escribir y cuando me vengo a dar cuenta ya está la pieza compuesta. Un poco de lima por aquí, un cambio de expresión en esta otra parte, un paño suave que la pula y ya está para dar a la estampa. Hay días que el alma se niega a seguir al cuerpo y hay que obligarla a tirones. Debería ser al revés: el alma es más fuerte y tiene recursos ilimitados, incluso sobrenaturales, de los que el cuerpo terrenal, torpe y pesado, carece. Pero el alma tiene muchos quehaceres y a veces se para a tomar resuello. Y, entonces, al cuerpo parece faltarle la vida. Las cosas más simples: levantarse para alcanzar un libro, alargar la mano para tomar un lápiz y dejar unas notas, ir por un vaso de agua. Si el alma no fuera espíritu puro nos ayudaría bastante en la tarea de escribir. Cierto es que ella pone el espíritu y nos ha impulsado a escribir, de no ser así nos habría hecho mecánico de motos y saltadores de pértiga, actividades donde el cuerpo se esfuerza mientras el alma observa con curiosidad.

Aparte de los riesgos de la escritura, que se derivan de dar una opinión que procuramos coherente, a veces no tiene el brillo y el acabado que dos días de reposo le hubieran dado. Por temporada voy adelantado dos o tres días, o más, y da tiempo a repasarlos. Otras temporadas escribo de un día para otro y, aunque la práctica y la disciplina lo solucionan en gran parte, no es lo mismo. Estoy hablando de las técnicas de escribir, que las puede aprender cualquiera con inclinación natural y un poco de vocación. Pero en la escritura hay recursos que no se aprenden: están en la persona o no están en ninguna parte. Las palabras te llevan a la palabras, las ideas y a las ideas y lo que empezaste a escribir ha derivado en otras palabras y en otras ideas. Luego, el lector no tiene por qué saber si el esfuerzo fue mucho o poco: tiene su minuto de lectura y suele ser generoso.

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