Relatos de verano

Jorge Duarte

El confesionario (III)

OIGA, no doy crédito a sus palabras! -exclamó el traficante de un vozarrón, acaparando las miradas de no pocos circundantes-. Llevo años sin atreverme a dar este paso -prosiguió diciendo-, y ahora que le echo huevos, y perdón por el taco, padre, ¡¿me dice que soy un santo?! -torció una sonrisa desencantada, dejando asomar varios dientes de oro. Con toda naturalidad, echó mano de una petaca que guardaba en su chaqueta y volcó parte de su contenido sobre su garganta.

-Aunque le cueste creerlo -respondí con desparpajo-, es la sociedad la que condena las drogas y su mercadeo. Ni en los Mandamientos ni en la Biblia se reprueba dicha actividad.

-No dudo de sus palabras, padre, pero no esperaba una respuesta así ni en sueños -masculló, convencido de mis absurdos argumentos-. No se imagina el peso que me ha quitado de encima. -Y volvió a beber un trago de su petaca, esta vez más persistente.

Era el momento de la absolución, y si te he visto no me acuerdo: tenía que alejar al mafioso del confesionario como fuera. Con toda solemnidad empecé a articular:

-Yo te absuelvo en el nombre del…

-¡Pare el carro, padre! -me interrumpió, a la vez que agarraba el confesionario con ambas manos y lo sacudía con virulencia, provocando que mi frente golpeara las ventanas delanteras-. Venía dispuesto a contarle sólo este pecado, pero he cambiado de opinión. Es usted un hombre de mundo, de eso no cabe duda, y además tolerante, cualidad nada común en los curas. Así que apriétese los machos, que viene la segunda parte.

Se tambaleaba ligeramente, aferrándose al confesionario para no perder el equilibrio. El artefacto de hojalata terminó por desplazarse unos palmos, provocando la incomodidad de los fieles que aguardaban confesión, pues tuvieron que modificar sus posiciones de espera. El mafioso seguía bebiendo de gañote, abierta y festivamente, sin molestarse ya en ocultar la petaca tras cada lingotazo.

-No es necesario que siga, hijo, Dios lo sabe todo y perdonará todos tus pecados. Para que así sea, te impondré una buena penitencia, que habrás de cumplir…

-Hace dos años maté a un hombre y después lo enterré en cal viva -soltó a bocajarro-. Fue algo espantoso, padre…

¡Por los clavos de Cristo!, exclamé para mis adentros. Miré a los ojos del traficante y descarté de inmediato que se tratara de una broma. Los tenía anegados de lágrimas y miraban, pesarosos, al infinito. A buen seguro revivía en ese momento el atroz asesinato. ¿Cómo se supone que debía reaccionar ante una bomba como esa?

-¿Pe… pero… qué le hizo ese hombre, hijo? -me atreví a preguntar al fin.

-Amenazó con matar a mi mujer y a mis hijas. Era el lugarteniente de un capo colombiano. El muy hijo puta pretendía establecerse en mi territorio.

Un siniestro escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Aquella situación me superaba con creces. Decidí continuar quitándole hierro a todo cuanto confesaba, no había un modo más rápido de finalizar la confesión y perderlo de vista.

-¡Vaya, vaya, pillín! -repuse, con el tono frívolo-. ¡Qué calladito se tenía esta travesura! No le doy unos azotes en el culo porque ya está crecidito, pero bien le vendrían. En fin, rece tres credos y un avemaría como penitencia...

-Oiga, ¿seguro que usted es cura? -preguntó, receloso-. ¿Se queda tan pancho después de haberle soltado que soy un asesino? ¿Qué tengo que confesar para impresionarle, que fui el responsable del atentado de las Torres Gemelas?

-La Iglesia no condena, ni siquiera censura, la defensa propia -respondí, ágilmente-. Hizo usted lo correcto, buen hombre.

-¡Pero... realmente no fue defensa propia, padre! Aquel hombre se limitó a amenazar de muerte a mi familia. Cometí un asesinato de manual.

-Veo que sigue sin entenderlo -repliqué, pacientemente-. Usted se anticipó a la realidad que describió el colombiano. Y, consciente del peligro que corría su familia, decidió acabar con su vida. Eso se llama defensa propia in previniendo.

-¿Es lícito matar en prevención de lo que pueda pasar? -se preguntó, todo pasmado-. ¡No tenía ni idea…!

-Pues ahora que lo sabe, aquí lo dejamos. Ya está bien de drogas, traficantes y asesinatos, que parece esto la película El Padrino. Yo le absuelvo de todos sus pecados. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡El siguiente!

-Pero, oiga... -empezó a protestar.

-¡El siguiente he dicho! -grité a los que esperaban tras el traficante, que no eran pocos, por cierto.

El hombre se irguió con dificultad y se alejó del confesionario visiblemente eufórico, apurando los restos de güisqui de su petaca y dando tumbos con aparatosidad.

Una joven se arrodilló en el lateral contrario. Pude observar a través de la rejilla que llevaba un velo negro que ocultaba su fisonomía casi por completo.

-Ave María Purísima.

-Sin pecado concebida.

-Padre, me confieso porque he pecado. Soy la viuda de este funeral y... me encuentro en una situación terrible, ¡espantosa! -y estalló en un sonoro llanto, que retumbó en toda la capilla.

Dos fuertes golpes sonaron en el frontispicio del confesionario, haciéndolo temblar como si fuera una lavadora vieja.

-Disculpe un momento, hija -le dije. Abrí las dos ventanas hacia fuera y me encontré con un señor de traje negro y rostro iracundo.

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