Habladurías

Fernando Taboada

Las cosas por su nombre

ES indignante. Ayer se publicó la nueva cifra de parados que hay en Andalucía y todos los diarios -incluyendo este- lo hicieron sin reparar en la gravedad del asunto. Por supuesto, no me refiero a la cifra en sí, que al fin y al cabo es un problema que afecta a una minoría (porque novecientos y pico mil andaluces no dejan de ser menos de la mitad.) Me refiero al lenguaje sexista que emplearon todos esos periódicos llamando "parados" a los parados y a las paradas. ¿Es que no se enteran los redactores? ¿Acaso no tienen sensibilidad? Pues no será porque la Junta no lo ha dejado suficientemente claro: a los parados no se les puede seguir llamando así, que es de un machismo flagrante. Hay que llamarles "personas sin trabajo".

Esta sugerencia, que deja clara la preocupación del Gobierno autonómico por solucionar los problemas realmente acuciantes, propone además que no digamos "los ciudadanos", sino "la ciudadanía", y que dejemos de hablar de "los andaluces", pues lo suyo será decir "el pueblo andaluz" (aunque usted no se quiera referir a todos los andaluces, sino a diez o doce que se encontró comiendo una paella en Denia.) Este revolucionario código de conducta lingüística se hizo público durante las Jornadas sobre Ecofeminismo que se celebraron por todo lo alto en un hotel de Sevilla, y no me hagan mucho caso porque no sé muy bien qué será el ecofeminismo (igual que no sabría pronunciarme sobre el ornitofeminismo ni sobre el hidrofeminismo) pero le auguro un tremendo éxito. Por las caras de satisfacción con las que salían del hotel los asistentes, debe de ser algo en lo que dan de comer fenomenal.

Se critica el despilfarro que supone organizar estas cuchipandas, pero nunca será lo mismo despilfarrar a secas que hacerlo desde una perspectiva de género.

Con un espíritu muy parecido al que tenían los antiguos manuales de urbanidad, que explicaban al detalle cómo comportarse en las visitas y cómo comer las croquetas sin perder el glamour, el breviario que ha editado la Junta de Andalucía (sin escatimar en gastos, naturalmente) apremia a los que escribimos en la prensa para que dejemos de hablar, por ejemplo, de "los futbolistas", que suena sexista a más no poder, y digamos en su lugar "las personas que practican el fútbol". ¿Verdad que merece la pena invertir en esto el dinero público?

Supongo que ahora habrá que reescribir el Quijote, la Constitución y hasta los poemas de Lorca para adaptarlos al imperativo ecofeminista. A algunos les puede resultar chocante que se ponga tanto empeño en alterar el uso natural de un idioma, cuando el idioma es de los inventos más democráticos que existen. Pero a lo mejor es precisamente por eso: la lengua no la imponen las ministras, ni los obispos ni los coroneles de Artillería, sino que surge de la gente que la habla, incluyendo a las señoras, ya estén en paro o tengan empleo. Por cierto, ¿cómo se sentirán las andaluzas sin trabajo ante el "enfoque de género" que plantea el ecofeminismo? Estarán -me imagino- encantadas de la vida.

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