Alejandro Daroca

El descaro de los productos milagro

Desde la Castellana

Hasta un 26 por ciento ha caído la inversión publicitaria en el último año. Y aunque funciona con bastante eficacia el Autocontrol de la Publicidad, organismo creado por los anunciantes para que no se desvirtúe el sentido de la publicidad y se tenga cierto control sobre determinados anuncios que llaman al engaño del consumidor, sobre todo cuando esta publicidad va dirigida a niños y pequeños, aún me asombro ante anuncios que suelo oír por la radio en mis travesías madrileñas en coche, que tal vez sean los únicos momentos en que escucho la radio. Autocontrol de la Publicidad no llega a estos casos y la escasez publicitaria hace que nadie ponga freno al desparpajo de los productos milagro, sobre todo para señoras y féminas.

Hace ya años que se anunciaba un producto milagro de estos, que se llamaba el agua imantada. Procedía precisamente de Jerez y allí se elaboraba la mencionada agua, que pasada por unos imanes, era benefactora para todo el cuerpo humano y para las entendederas de la mente. No se qué fue del agua imantada, pero me temo que algún juez la sacara de la circulación. Ahora no paro de escuchar anuncios de un sin fin de productos que a mí me parecen milagrosos, sobre todo por los efectos benéficos que al parecer producen sobre cualquier malestar del cuerpo humano.

Uno de los sectores sobre los que incide esta publicidad es sobre el adelgazamiento. No sé cuántas pastillas y mejunjes se anuncian para "perder la barriguita". No es que se recomiende una dieta adecuada, capacidad de hacer ejercicio o "ponerse un bozal", como dice mi farmacéutica cuando alguien le demanda opinión y le pide un producto milagro de los cientos que ya han probado. Es que se anuncian con total descaro para tomar no sé cuántas pastillas a la semana y "comprobará como a los quince días va perdiendo su barriguita".

Ahora también he oído como se anuncia un producto que igual hace frente al estrés, al sudor, al insomnio, al malestar general, al cansancio y a la mala leche. No diré su nombre entero porque no me he enterado muy bien, pero acaba en "...gumil". Y se oye a la locutora que le pregunta a un presunto doctor por la medida más adecuada para atajar el cansancio de su madre o la falta de ganas de comer. Y con voz profunda, atiplada y proveniente de los infiernos, contesta algo así: "pues déle una tableta de ...gumil y comprobará como se curan sus síntomas". A los pocos minutos y en el siguiente semáforo, se introduce otra vez la cuña publicitaria y esta vez se le pregunta al doctor por el estrés, la inquietud nocturna que no le deja descansar o por el niño que no quiere comer. La contestación es la misma y mucho mayor mi asombro. ¿Cómo no tomo yo algo de esto y se me quitarían todos mis males?

Comprendo que muchos factores de la vida moderna no son los adecuados para tener un cuerpo y una mente sana. Pero el desconocimiento de las gentes, su inocencia y su ignorancia, unidos a las soledades que vivimos y a la ansiedad por encontrarse pletóricos hacen que estos productos milagro entren en los hogares con demasiada facilidad. Seguramente no causen ningún efecto dañino ni contraproducente para nuestra salud, y angustiados como estamos por esto de la crisis a todos los niveles, cualquier cosa que nos haga mejorar, vale, aunque sea una engañifa.

adaroca@nortideas.com

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