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Rafael / Padilla

La extraña pareja

ESE prescindible con el que Sánchez calificó su entrevista con Rajoy, aun usado con fines espurios, es adjetivo que describe bien la actual situación de la política española. Tiene el ciudadano justamente la misma percepción: prescindible empieza a parecerle esa cohorte de políticos mediocres que llevan meses viviendo del cuento. E inútiles, por supuesto, sus intransigencias, sus odios viscerales, sus líneas rojas, sus ombligos electos sempiternamente remirados.

Tales conductas, quizás disculpables en las minorías, son absolutamente inadmisibles en quienes, porque así lo han dictado las urnas, tienen el encargo de administrar el país. Nos guste o no, siguen siendo PP y PSOE las fuerzas decisivas para desatascar la coyuntura. Y sus líderes, Rajoy y Sánchez, los personajes fundamentales en el devenir del propósito.

No nos acompañó la suerte. Ninguno pasará a la historia como lumbrera de su oficio. La degradación paulatina de nuestra nómina de elegibles ha terminado por poner el destino común en manos de tan extraña pareja. A estas alturas, Rajoy habría de saber que su aportación a la marca es irrelevante. Esos millones de votos, de los que tanto se ufana, los hubiese alcanzado, y hasta mejorado, cualquier otro u otra -la cabra de la Legión incluida- al frente de idéntica bandera. Por eso, me asombra su total ausencia de autocrítica. Si resultare ser parte del problema, cosa nada descartable, ¿a qué apegarse con tanto ahínco a un sillón que ocupa de chiripa y en precario? Ni Mariano es el PP, ni las papeletas son suyas, ni su carisma ha movido una sola voluntad. Añadan la pestilente mochila que carga sobre sus espaldas y ya me dirán cuántos llorarían su marcha. Él, hombre de muchos servicios, tiene fácil averiguar cuál es el que ahora le correspondería prestar.

De Sánchez, el suertudo, nada he descubierto todavía tras la fachada. Ni en su casa diríase que le quieran. Parapetado en un no estéril, deja pasar los días a mayor gloria de su brevísimo currículo. Arda Troya y que le quiten lo bailado. Sin estrategia, sin proyecto y sin salida, camina con paso firme hacia la devastación de sus siglas. Allá los suyos con sus lealtades y sus cobardías.

Nada de esto importaría demasiado si no fuera porque en tan sólidas almas descansa nuestro futuro. Al guapo y al impertérrito les toca sacarnos del aprieto. Pánico me dan estos dos artistas que, por no hacer, ya no son capaces ni de hacer el ridículo.

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